Durante la cena de los viernes, entre buenos amigos, comentando la campaña electoral en curso, escucho de unos el elogio al preboste en funciones, de quien dicen que su capacidad de resistencia es encomiable ( algo de lo que narcisísticamente se preciaba él mismo en su libro recientemente publicado y harto comentado). 

Por contra, otros comensales sostienen que el personaje en cuestión es un prodigio de falta de vergüenza, dada la impudicia que ha mostrado al mantenerse casi un año en una poltrona que adquirió mediante promesa de máxima temporalidad.

Yo tercio diciendo que ambos partidos, el de la admirable resistencia y el de la vil desverguenza, están diciendo esencialmente lo mismo.

Porque la desvergüenza está profundamente relacionada con la resistencia (o más bien con la resiliencia, que es el término que ahora se prefiere, y que lo tomamos de la metalurgia, con el sentido de la virtualidad de ceder y retornar después al estado inicial, más bien que la capacidad de resistirse al empuje).

Es fuerte quien no tiene vergüenza. Y la vergüenza es fuente principal de la flaqueza humana.

Nos rendimos cuando ya no podemos soportar la mirada ajena sobre nuestro fracaso.

La vergüenza nos impulsa a retirarnos, a alejarnos del combate, a aislarnos, a esconder la cabeza bajo el suelo, a desear que la tierra nos trague…

Boris Cyrulnik ha estudiado mejor que nadie esta relación entre la vergüenza y el aislamiento. Y al extremo, nos explica, la verguenza nos mata; morimos de verguenza, como sugiere el título de uno de sus admirables libros.

Los grandes “triunfadores”, en el sentido más vulgar del término, los «dominadores» son también grandes desvergonzados y grandes narcisistas.

Pero, precisamente por eso, en ese triunfo de la impudicia hay algo de profunda deshumanización.

Porque la verguenza es lo que nos hace humanos. Como nos recuerda sabiamente Franz de Waal, la verguenza es la única de las emociones humanas que no se ha podido detectar en los animales. Solo el homo sapiens se avergüenza. En el ser humano se pueden inducir químicamente todas las emociones (ira, amor, deseo…) excepto una: la vergüenza.

“¿Y esto por qué?”, “¿Qué tiene que ver la verguenza con la humanidad o la humanización”, me pregunta Carlos, con mucha justificación. ¿Por qué es tan genuinamente humana?

Pues, respondo, porque el sentido de la vergüenza es piedra angular para la cohesión social. Es justamente la  capacidad de avergonzarnos la que nos ayuda a ajustarnos, de forma autónoma, al orden colectivo. Y eso es lo que ha hecho del fenómeno humano un éxito sobre el planeta (discutible).

Es la verguenza la la que nos impulsa a prevenir el sufrimiento que nos podría producir la mirada ajena sobre la evidencia de nuestras miserias personales.

La verguenza no tiene nada de vergonzoso; es, como bien dice Enzo Bianchi, la emoción que nos preserva de la banalidad del mal (la que hace del mal algo no-banal). Solo los narcisistas no tienen nunca verguenza, porque su amor a sí mismos les impide discernir el mal que realizan y avergonzarse por él.

Así que no hay orden social si no hay un saludable temor a la mirada ajena. 

Y no hay temor a la mirada ajena sin sentimiento de verguenza.

Pero, he aquí, además, otra lección profunda de la etimología–prosigo sin darme cuenta de que quienes me oyen casi ya no me atienden–La palabra verguenza está maravillosamente relacionada con la idea de mirar. Vergüenza nos remonta al latin verecundia, que a su vez está relacionado con el verbo latino vereri, reverenciar… Pero ese vereri latino nos lleva a la raíz protoindoeuropea var, con el sentido de fijar la mirada para protegerse de amenazas (de aquí la relación entre hacer guardia y guardar, por ejemplo).

Es entonces cuando, ya engolfado sin remedio en estos vericuetos etimológicos, compruebo que mis compañeros de cena empiezan a estar muy cansados de mi perorata.

Por lo cual, y un tanto avergonzado por mi incorregible y tal vez cargante afán pedagógico, me sirvo un poco del delicioso Alaya de Almansa (pura y gloriosa garnacha tintorera) y me callo.

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