Al parecer, ayer fue el día mundial de la Felicidad. 

Me han preguntado por qué no he escrito algo respecto a esta magna conmemoración.

No se qué responder. Se que me hubiese apetecido escribir algo sobre la desdicha. O más bien sobre la melancolía. 

La melancolía o la tristeza es el punto de partida de casi todas las cosas importantes que ha hecho el ser humano en la historia. La felicidad, en cambio, apenas conduce a otra cosa que a la parálisis y la autocomplacencia.

Cuando, en la Biblia, el Eclesiastés nos dice que todo es vanidad, no se está refiriendo al engreimiento, sino a la convicción de que nada en el mundo que nos rodea merece de verdad la pena; todo es vano, vacío. Y esa reflexión melancólica es sin duda el punto de partida de muchas epopeyas intelectuales. Los más interesantes pensadores, escritores, creadores y poetas de la historia han sido excelsos melancólicos, desde Ficino a Durero, Lord Byron, Goethe, Schopenhauer, Freud o Primo Levi.

La mala prensa de la melancolía se la debemos en parte al pensamiento cristiano. San Pablo nos alerta en esa obra de genuino management y selfhelp que son las cartas a los Corintios diciendo que la tristeza del mundo lleva a la muerte (“…e de tou cosmou lupé thanaton katergatsetai”).

En la vida monacal del alto medievo, no había cosa más temible para el alma que la tristeza, a la que llamaban acedia (palabra de origen griego que etimológicamente significa la ansiedad de quien no tiene bocado que llevarse a la boca…a-kedia). 

Pensaban los abades que al llegar el mediodía los monjes eran vulnerables frente al demonio. Y seguramente era cierto, pero por culpa más bien del brusco descenso de la glucosa en sangre que suele tener lugar antes del almuerzo y que justifica entre otras cosas la encomiable tradición de la llamada «siesta del borrego».

Ese demonius meridianus, del que nos habla Evagrio, gran especialista en la materia, insuflaba en los monjes el pecado del aburrimiento, la inquietud y la melancolía.

Esto era algo que ya se había anunciado en el salmo 90:6, donde se nos indicaba que solo si nos resguardamos tras el escudo de Dios nos protegeremos de los seres caminantes tenebrosos, de los ataques de los asaltantes, y del demonio del mediodía…(a negotio perambulante in tenebris, ab incursu et daemonio meridiano).

En fin, yo seguiría hablando de ese fascinante reverso de la dicha que es la melancolía. Me parece mucho más interesante y con más sustancia que pensar en la felicidad, que es además concepto tan manido y pervertido como escurridizo. Y tiene la desventaja de que cuanto más piensas en la felicidad, más te alejas de ella…

De la felicidad solo se me ocurre decir ahora que es tan solo otro nombre que da el hombre moderno a la posesión de bienes materiales. No hay más remedio que reconocerlo, en este mundo dominado por el mercado, el márketing y esa máquina creadora de falaces deseos de lo innecesario que es la publicidad. Deseos permanentemente insatisfechos.

Y entonces me viene a la cabeza aquella idea de Locke cuando decía que “el hombre tiene derecho a la vida, la libertad y la propiedad” ( en Second Treatise of Civil Government). Es justamente la mismísima frase que inspiró un siglo después a Benjamin Franklin cuando en la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos se nos dice que todo «hombre tiene derecho a la vida, la libertad y la felicidad”. No cabe duda que ese es el momento germinal del capitalismo moderno cuando ya se entrevé que felicidad va a acabar siendo igual a propiedad

Lo dicho. Me motivaré cuando declaren alguna jornada como Día de la Melancolía. 

Porque, después de todo, concuerdo con Lord Byron cuando decía que la Melancolía es el Telescopio de la Verdad. Tenemos derecho a ambas.

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