Menciona un buen amigo a un autor de autoayuda que al parecer es famoso y muy apreciado.

Yo soy escéptico hacia esos autores y esos libros.

Le hago una pregunta a mi amigo.

¿Cuáles son los principios clave que nos recomiendan seguir esos libros de autoayuda que tanto lees y que llenan las librerías?

No me acaba de contestar. Sabe mi amigo de mi antipatía respecto a esta literatura, y no la comparte.

Yo le propongo dos opciones que a mi juicio sintetizan toda una bibliografía: vivir el presente y cuidar nuestra autoestima.

Se han escrito miles de páginas sobr estos dos puntos.

Este par de recomendaciones, le digo, vienen a ser la quintaesencia de miles y miles de páginas que aspiran a hacernos más dichosos y benéficos.

Mi amigo asiente, a regañadientes. Y entonces le recuerdo los Ensayos de Montaigne, escritos en el siglo XVI, y lo que se nos dice en sus primeras páginas.

 “…no estamos nunca concentrados en nosotros mismos, siempre permancemos más allá: el temor, el deseo, la esperanza nos empujan hacia lo venidero y nos alejan de la consideración de los hechos actuales, para llevarnos a reflexionar sobre lo que acontecerá…

Esto figura en el primer capítulo de la obra, poco antes de la famosa cita de Séneca que el autor transcribe: “El espíritu a quien lo porvenir preocupa, es siempre desdichado”.

Y apenas dos o tres líneas más adelante, Montaigne nos recuerda que nuestro primer cuidado ha de ser el conocer nuestras limitaciones y profesar:

“…la estimación de sí mismo, antes que ninguna otra cosa (…) Así como la locura en nada se satisface, así el hombre prudente se acomoda a lo actual y nunca se disgusta consigo mismo

Tras mencionar estos sabios consejos preliminares de los Ensayos, adopto mi clásica maligna expresión de triunfo intelectual y le recomiendo a mi amigo que, si desea de verdad autoayuda, abandone cuanto antes a ese tal Walter Riso y retorne humildemente a las Cartas a Lucilio, a los Ensayos o incluso al injustamente olvidado Relox de Príncipes, de aquel fascinante sabio obispo de Mondoñedo, en quien se inspiró no poco el genial Montaigne.

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