¿Cuál es el programa de TV de más éxito en España? ¿Podríamos deducir a partir de ese dato algo sobre el carácter del ciudadano medio?

Puede ser.

El hecho es que el programa de más éxito, en términos de audiencia acumulada a lo largo del año, es, de lejos, ese modelo de telebasura en estado puro que ocupa desde el pleistoceno todas las tardes de una gran cadena y cuyo nombre, por tratarse de un programa inefable, no voy a transcribir aquí.

¿Y cuál es la clave de tan inmenso éxito para un programa que apenas tiene costes de producción y que tan solo consiste en mostrar las tormentosas desventuras, pleitos y querellas de los famosillos de segunda y tercera clase?

Pues quizá se trata de eso precisamente. El programa atrae espectadores porque muestra el dolor ajeno. Más concretamente el dolor de aquellos a quienes el azar, que no el mérito, ha privilegiado con cierto grado de celebridad.

Pero, ¿por qué disfruta la gente con las tribulaciones sin cuento de unos personajes que en realidad en nada nos tocan?

No son enemigos públicos.

No son delincuentes o malhechores (o tal vez sí, en no pocos casos).

En realidad, nadie, entre los espectadores, tiene nada con ellos. Salvo la extraña familiaridad derivada de la contemplación diaria del triste show.

Y sin embargo, esos espectadores parecen regodearse sin medida con todas esas miserias y penalidades de “los famosos”. Eso dicen al menos los audímetros.

No es nada de lo que debamos extrañarnos. Ni estamos ante una característica privativa del ciudadano español.

Se trata del fenómeno consistente en disfrutar contemplando el mal ajeno, desde el confort y la seguridad de la situación propia. Y esto es un rasgo eterno y universal del alma humana.

Estamos ante un rasgo psicológico eterno porque nos consta su existencia desde tiempo inmemorial. Los antiguos griegos lo conocían bien, y lo llamaban ἐπιχαιρεκακία o epikairekakia, de epi, sobre, kairein, disfrutar, y kakia, mal o  desgracia. 

El filósofo romano Lucrecio escribió aquellos conocidísimos versos sobre el dulce placer de ver un barco naufragar desde la seguridad de la tierra firme…(suave, mari magno turbantibus aequora ventis
e terra magnum alterius spectare laborem…
)

En el XVII, Robert Burton se refiere al complejo sentimiento, mezcla de odio y alegría, que se genera cuando nos alegramos del dolor ajeno, y nos recuerda el mencionado término usado por los griegos.

En el mismo período histórico, Hobbes se quejaba de que no existiese un nombre específico en inglés para referirse a la extraña pasión consistente en alegrarse del mal de aquellos a quienes no tratamos o que incluso son nuestros amigos (tal vez a Hobbes no le convencía la palabra epicaricacy, que ya circulaba en Inglaterra desde un siglo antes y que ha seguido haciéndolo, en boca de prestigiosos autores como, por ejemplo, C.S. Lewis).

Y estamos también ante un rasgo psicológico universal porque lo encontramos en todas las culturas y latitudes. Los japoneses tienen un dicho popular: “el infortunio del otro es dulce como la miel”. Los franceses hablan de “joie maligne”, ese diabólico goce derivado del sufrimiento del vecino. Los rusos tienen la palabra злорадный, que define perfectamente el morboso sentimiento de regodearse maliciosamente con el daño del prójimo. Y, por supuesto, los alemanes tienen Schadenfreude, derivado de Schaden, daño, y Freude, placer, que es el término usado en el mundo de la cultura desde el siglo XVII para referirse a aquella epicairecakia de los griegos, y que es el que ha adquirido un uso verdaderamente global, entrando a formar parte del instrumental verbal internacional para referirse a las pasiones y sentimientos del ser humano.

La Schadenfreude podría ser ciertamente la clave para entender el enorme éxito de esos programas de telebasura a los que me refería más arriba. Serían programas muy vistos en la medida en que capitalizarían un sentimiento eterno, universal y triste, del ser humano. Su éxito nos hablaría de nuestra flaqueza al dejarnos llevar por la propensión a regodearnos con esas penalidades y miserias ajenas que acaso nos hacen olvidar nuestras propias penalidades y miserias.

Schopenhauer consideraba que cuanto más intensa es la propensión a la Schadenfreude, más datos tenemos respecto a la podredumbre del alma; consideraba que ese sentimiento era el indicio más infalible de un corazón profundamente dañado, de la más baja indignidad moral; el peor rasgo de la naturaleza del hombre. Sostenía que aquel de quien se supiese que gozaba con el mal ajeno, debería ser inmediatamente proscrito y expulsado de la sociedad humana…

Quizá no haya que ser tan radical como lo era el viejo y gruñón maestro prusiano del pesimismo…

Pero no hay duda que el hecho de que el programa de televisión de más éxito sea un monumento diario al deleite del espectador en las desventuras de los personajes y personajillos de la vida social, no dice gran cosa sobre la naturaleza de la sociedad en la que vivimos.

Me encantaría saber lo que pensaría Schopenhauer sobre el dichoso programa.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s