Me pide un amigo, al que hace años que no veía, que le hable de mis hijas. 

Prefiero ser parco en la respuesta. Se muy bien lo fastidioso que resulta escuchar a los padres ensalzar sin moderación las presuntas virtudes sin cuento de sus vástagos. 

Me limito en este caso a decirle a mi amigo que mis hijas son dos personas con las que puedo sentirme a gusto charlando unas horas o viajando unos días. 

Ese es, en general, mi criterio personal para valorar a alguien: ¿me apetecerían unas horas de conversación con él o ella? ¿Me sentiría cómodo compartiendo días de viaje? Si algo en mi interior me dice que sí entonces, le doy un especial valor a esa persona.

En el caso de mis hijas, siento que se dan esos supuestos. Ella son de tal carácter que me satisface charlar y viajar con ellas.

Lo cuál, pensándolo bien, puede deberse a que he charlado y viajado mucho con ellas.

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