¿Por qué los prebostes y prebostillos, cuando deciden bailar, lo hacen de una forma tan torpe y ridícula? No se salva ni uno.

En las cortes europeas del siglo XVIII, saber bailar bien era algo imprescindible entre los hombres públicos. En el París de 1700 había más de 200 academias de baile orientadas a convertir a los cortesanos en avezados danzarines.

Pero ahora, cada vez que un preboste decide lanzarse a dar unos pasos de baile,  comprobamos su total incapacidad para la tarea. Tan solo Obama, como podríamos esperar, lo ha hecho medianamente bien, en las dos o tres ocasiones en las que se animó a bailar ante las cámaras.  Lo de Trump ha sido para llorar, como también podríamos esperar. Y no digamos lo de nuestro plagiador preboste saliente, que ha dado contenido a un jocoso vídeo viral.

Yo creo que las razones son múltiples. 

Por un lado, el preboste y el prebostillo, en general,  presentan una sobrevaloración patológica de la imagen que proyectan o creen que deben proyectar. Esto tiende a bloquearles cuando se ven forzados a bailar en público.

Por otro lado, bailar es de alguna manera liberarse de máscaras, ser quien auténticamente se es. Bailar es decir con el cuerpo la verdad y nada más que la verdad (Martha Graham decía que el cuerpo no miente jamás), y todo esto no es plato de gusto para el político. Así que el preboste baila a regañadientes, rígido, con la cintura y la pelvis bloqueadas, con saltitos y gestos grotescos, temeroso de comunicar con sus movimientos lo que él está acostumbrado a ocultar con sus palabras.

Nietzsche, que consideraba un día perdido aquel en el que no hubiese bailado en algún momento, sostenía que el aprendizaje de la danza debía incluirse en todo curriculum educativo; consideraba que había que danzar en todas las formas, con los pies, con las ideas, con las palabras…Para Nietzsche, la incapacidad para el baile estaba en relación con la esclerosis de una era de falsa teología y conformismo. Veía el baile como la única forma aceptable de piedad. Y decía que solo creería en un Dios que supiese bailar. Con ese elogio de la ligereza, el genio teutón enlazaba con una de las ideas más arraigadas de la Humanidad: la relación del peso con el pecado y la muerte, lo que nos remonta a la balanza egipcia de Maat, que condenaba para siempre al difunto cuyo corazón, por estar cargado de culpa, pesaba más que una pluma, o simplemente a la expresión habitual de los funerales: sic tibi terra levis, es decir, que la tierra sea ligera para tí.

A veces, meditando en torno a Martha Graham, Nietzsche y la divina hija de Ra, me da por pensar que solo votaré a un político que me demuestre que sabe bailar. 

Propongo que en los próximos debates electorales, los candidatos bailen para nosotros. Será divertido. E iluminador.

Porque, en efecto, “the body never lies”.

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