El fenómeno del voto útil, en virtud del cual la gente no vota en función de sus aspiraciones sino en función de sus miedos es un ejemplo más de las muchas distorsiones que presentan estos sistemas electorales que consideramos democráticos.

Ya Kenneth Arrow demostró hace más de medio siglo, en su tesis doctoral, que cuando los votantes tienen tres o más opciones, ningún sistema de voto puede acabar representando adecuadamente las preferencias reales de los electores. Algo parecido ya había sugerido Condorcet, nada menos que en 1785.

En nuestros días, el matemático Donald Saari, abunda en la misma idea y proporciona un ejemplo muy ilustrativo.

Supongamos que pedimos a 15 personas que clasifiquen por su preferencia tres bebidas: leche (L), cerveza (C) y vino (V).

Ahora imaginemos que 6 de esas personas votan LCV, 5 de ellas votan CVL y 4 VCL.

En un sistema electoral tradicional, donde lo que cuenta es lo primero que elegimos, está claro que quien gana es la leche (con un 40% de los votos, esto es, 6 votos de un total de 15). Después iría la cerveza y finalmente el vino. Es decir, el resultado ha sido LCV.

Lo justo sería darle todo el poder a la leche ¿no? Eso es la democracia, después de todo, podríamos pensar.

Pues conviene darle una vuelta antes de decidir. En realidad, tenemos a 9 votantes que prefieren la cerveza a la leche.  Y también hay 9 votantes que prefieren el vino a la leche. Es decir, la mayoría absoluta de los votantes se van a sentir profundamente frustrados con la designación de la leche como ganador de las elecciones.  En realidad, si tuviésemos en cuenta las verdaderas preferencias de los electores, el resultado del voto no sería LCV sino más bien VCL…¡justo lo contrario!

Este tipo de paradojas no son meramente teóricas. Baste recordar, como un ejemplo entre cientos, el caso de las elecciones presidenciales del 2002 en Francia, cuando había tantos candidatos de izquierda en la primera vuelta que todos resultaron eliminados, dejando para la segunda tan solo a dos candidatos de la derecha, Chirac y Le Pen.

La reforma más urgente que tiene nuestra sociedad (dejando aparte por un momento la del sistema judicial, que clama al cielo) es la del sistema electoral, que sigue siendo, en esencia, tan imperfecto y primitivo como lo era hace dos tres siglos, cuando emergieron las primeras democracias modernas.

Un sistema de determinación de la voluntad popular mucho más preciso, con el concurso de las tecnologías de la información, el uso de los modelos matemáticos más rigurosos y las garantías de blockchain, ayudará a reducir el malestar ciudadano generalizado, que no solo no se está aliviando con las elecciones presuntamente democráticas, sino que, a menudo, empeora con cada una de ellas.

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