Eran gente con supremas cualificaciones para la actividad política. Ostentaban créditos intelectuales y académicos. Presumían, legitimamente, de títulos conseguidos tra años de carreras universitarias, doctorados, becas y cursos por medio mundo. Bolonia, Cambridge, Florencia, Glasgow…Imposible imaginar alguien mejor preparado que ellos para incidir sobre la sociedad.

Se queda uno perplejo y triste al contemplar sus interminables querellas tras apenas cinco años de vida de la utopía que nació en la Puerta del Sol. 

Hay quien piensa que solo han conseguido disolver la izquierda histórica de este país (lo que no consiguió el Dictador) y disolverse, ay, también ellos mismos, en la vorágine de sus pleitos.

Tal vez para entender algo más, ayer me dio por releer un libro escrito por uno de esos constructores de sueños rotos. Es un libro interesante, ameno y documentado. Un libro que habla del gobierno de las palabras, en esta era de las mentiras; un libro que da cuenta del pesimismo esperanzado al que nos toca adherirnos; un libro que narra el desconcierto y el descontento atmosférico en el que nos es dado vivir.

El primer capítulo de esta obra comienza con una frase lapidaria: “Vivimos en sociedad para burlar la muerte”.

Me llama la atención que se abra de esa manera tan misteriosa un texto. 

En realidad (y quizá debería haberlo dicho) lo de vivir en sociedad para burlar la muerte no es una idea del autor, por más que la haya formulado en forma de afortunado aforismo. Eso de que la sociedad existe para que escapemos del insufrible dolor de afrontar idea del fin, es un postulado de Zigmunt Bauman. 

Para Bauman, es una hazaña del ser humano el poder vivir una vida con significado, valor y propósito, en la que la idea de la muerte permanece postergada. Y esta hazaña se consigue solo gracias a las instituciones sociales, según el sabio polaco, cuyo libro póstumo, Maldad Líquida, se centra en describir el afán de dominación que se ha hecho invisible y se ha infiltrado en todas las instancias del hombre contemporáneo.

“Vivimos en sociedad para burlar la muerte”. 

Desde luego. Pero a veces se diría que es al revés. A veces se nos mueren los ideales de una organización social más justa y benéfica. Ideales que un día creímos realizables. 

A veces, viendo tanta incapacidad para superar vanidades, egolatrías y afanes de dominio, se diría que es la muerte misma la que se burla de la sociedad; la que se mofa una y otra vez de sus sueños de una vida mejor.

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