Haya salud y prosperidad…

Ya estamos en el año “próspero”, si es que acaso se cumplen tantos millones de deseos y votos como los que se intercambiaron anoche por todos los medios imaginables.
Pero ¿por qué el 2019, como todos los nuevos años, ha de ser precisamente “próspero” y no “bueno”, “magnífico”, “excelente” o cualquier otro calificativo similar?
Pues porque “próspero” es mágico.
Próspero es un adjetivo poco usado fuera de este uso intensísimo en cada fin de año.
El origen de la palabra es el latín prosperus, con el significado de “propicio”, “oportuno”, “apropiado”, “conveniente”. A su vez, ese prosperus latino proviene no de pro-spes (para la esperanza), como erróneamente se indica en muchos lugares, sino del griego πρόσφορον, que literalmente significa “aquello que se da o se entrega con carácter de regalo”, (pros-foron).
Lo que se da como regalo es algo apropiado o conveniente, claro está. Con este sentido, la palabra πρόσφορον aparece continuamente en la literatura y el pensamiento griego, desde Píndaro, Sófocles o Platón, a Plutarco o Plotino. Y siempre aparece con esa connotación de conveniencia, de algo que “se ofrece inteligentemente”. También en sus Epístolas, San Pablo usa a menudo este término, en el sentido de propicio, apropiado, y con unas connotaciones claramente económicas (en el contexto de la petición de fondos a los fieles), lo que es coherente con la idea de donación o regalo.
Ahora bien, entonces ¿dónde está el elemento mágico de lo próspero al que he aludido?
Pues el caso es que nuestra costumbre de desear precisamente “prosperidad” se diría relacionada con una tradición antiquísima en todo el ámbito de la Iglesia oriental. Se trata de la bendición ritual del prosforon. El prosforon es el pan que, horneado primorosamente en cada casa, será luego destinado, en parte, a la ceremonia de la comunión en la misa ortodoxa (el pan que los fieles «ofrecen» o «que se va a ofrecer»).
Este acto litúrgico solemne se celebra masivamente cada Año Nuevo, desde Estámbul a Kiev o Moscú, y la mentalidad popular lo ve no solo como una ceremonia religiosa, sino también como un acto propiciatorio, un rito de paso que garantiza una buena transición hacia otras esferas de la realidad, como sin duda lo es el cambio de año. El pan bendecido de los ortodoxos, el prosforón, que recuerda en cierto modo a nuestro “roscón” de reyes, lleva grabados extraños signos de evidente sentido mágico, aunque “oficialmente” simbolicen a los ángeles, los apóstoles, la Virgen María, etc…Puedes ver esos signos en la portada del cuento Yiaya y el Prosphoron (La yaya y el Pan Bendito; sí, yiaya es abuela en griego también, como has sospechado; gens una sumus…).
Así que, deseando un nuevo año “próspero”, estamos manifestando las raíces religiosas o más bien puramente mágicas de nuestra forma de pensar, esto es, la vigencia de esa estancia oscura del alma humana que es la mentalidad mágica.
Con la fórmula tópica “felicidad y próspero año”, estamos realizando nuestro peculiar rito de paso anual. Y estamos dando la razón a Malinowski, quien nos recordaba que la función fundamental de la magia es ritualizar el optimismo del hombre, incrementando su fe en la victoria de la esperanza sobre el miedo.
El acto mágico, el rito, si bien se nos presenta como algo opuesto a la ciencia, en realidad comparte con la ciencia y con la razón el objetivo de sostener a la Humanidad, o al individuo, en su esfuerzo por afrontar victoriosamente su batalla contra lo que amenaza su existencia.
Por lo tanto, yo me uno a ese impulso mágico y optimista que está en lo profundo del deseo de prosperidad para 2019. Que el año nuevo y sus vicisitudes sean como un oportuno regalo para nosotros.
Y, sobre todo, que se nos propicie esa victoria de la esperanza sobre el miedo a la que se refería el maestro polaco de la antropología. Falta hace.