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Llegaron noticias terribles sobre las esclavas sexuales con las que el Dais recompensaba hace unos años a los voluntarios que se unen a sus filas (acaso sigue haciéndolo). Guerra y sexo siempre enredados.

Marte no puede evitar enredar con Afrodita. Pero poca Afrodita hay en ese sometimiento de las mujeres a los fanáticos en armas.

Guerra y sexo forzado siempre han mostrado una espantosa asociación, desde las hordas de Genghis Khan al ejército japonés en Corea. Podemos y debemos indignarnos, por supuesto, respecto al fundamentalismo islámico, pero cabe recordar que en Alemania, los soldados del Ejército Rojo, con una cierta complicidad de Stalin, forzaron a más de dos millones de mujeres alemanas, entre ellas, por ejemplo, a la esposa de Helmut Kohl, el mentor de Merkel, quien acabó suicidándose acaso por no ser capaz de superar el trauma de aquella violación colectiva, a pesar del paso de los años. Y tampoco están libres de culpa los soldados de Eisenhower, Montgomery, Patton o Leclerc, que tienen en su haber decenas o más bien centenas de miles de violaciones en Europa central tras el derrumbe de la Wehrmacht.

Hace muchos siglos, el ejército imperial romano trató de buscar alguna solución a la dichosa avidez sexual de los soldados tras la batalla. Fue así como surgió la figura de la “focaria”, esto es, la mujer que viajaba con cada soldado. Oficialmente, su misión era cocinar para el legionario (de ahí el nombre; “panaderas” o “responsables del fogón”), pero en realidad, como se ha demostrado recientemente, eran puras esclavas sexuales fijas, eso sí, con cierto status, asociación a un único soldado y algún tipo protección consuetudinaria. Existe un texto del emperador Caracalla, en el 213 d.c, en el que se menciona este carácter puramente servil de las “focarias” y se les niega el derecho a solicitar matrimonio a su “amo”, siempre que dicho “amo” pueda probar que la compró con dinero (como algo distinto a un simple regalo de esponsales) y que contase con el correspondiente recibo, lo cual sugiere que no era raro que la focaria acabase seduciendo al soldado y convirtiéndolo en su esposo “de facto” (cosa que a Caracalla no le gusta mucho pues dice que no quiere que sus legionarios sean “robados” por sus focarias mediante embelecos y adulaciones: “milites tamen meos a focariis suis hac ratione fictisque adulationibus spoliari nolo…
En fin. No hemos mejorado mucho desde los tiempos de las legiones romanas. Si acaso, hemos empeorado algo. Si cabe.

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