Un ciudadano occidental dedica más de 1500 horas al año a su coche. Puede parecer exagerado, pero no es difícil llegar a esa cifra si sumamos las horas de trabajo anuales que necesita para pagar su adquisición y su costoso mantenimiento. Esas 1500 horas anuales le permiten a su propietario hacer unos 15.000 kilómetros. Basta una división para llegar a la cifra de 10 kilómetros por hora…¡Yo voy más rápido que eso con mi bicicleta!
Pero el verdadero drama, ya que menciono la bicicleta, es que esta es un transporte mucho más eficiente energéticamente y, en ese sentido, mucho más avanzado que el coche. Cuando yo uso mi vehículo de cuatro ruedas para acercarme a la ciudad, estoy usando combustible para desplazar una maquinaria que pesa 20 veces más que mi peso corporal. Esto es evidentemente absurdo y no tiene nada que ver con lo que ocurre con mi bicicleta, que pesa apenas representa un séptimo de mi peso. Más aún, la mayor parte del valor energético del combustible con el que lleno mi depósito, se echa a perder en forma de calor, ruido…Solo un 13% de la energía intrínseca en el combustible se aplica realmente al movimiento. ¡Un 13%!
Y el absurdo es aún más lacerante cuando vemos el fenómeno del automovilismo a escala social. Cada 24 horas, tienen lugar más de 300 accidentes de tráfico en un país como España. Un país en el que los muertos en carretera se cuentan por miles cada año. Y todo eso, además del drama humano, con unas implicaciones sanitarias y económicas colosales (lo que añadiría aún más horas a la cifra anterioremente mencionada de 1500 anuales, pues tendríamos que añadir las horas trabajadas por cada contribuyente para cubrir los impuestos necesarios que ocasiona la siniestralidad vial).
Ampliando aún un poco más la perspectiva, podríamos hablar también del aberrante despliegue de infraestructuras que promovieron los lobbys europeos del automóvil. Hace 40 años, estos grupos de presión consiguieron que los gobiernos de la Europa comunitaria apostasen por redoblar la red de carreteras, en lugar de decidirse por el transporte ferroviario (como hizo Suiza, por ejemplo). Las consecuencias de aquella decisión forzada han sido incalculables en términos de coste social y daños medioambientales para todos los europeos.
Y aún podríamos ampliar más el punto de vista. Y reconocer que la cultura del automóvil (o la incultura más bien) está detrás del gran negocio internacional del petroleo y tiene un rol importante en el enorme poder que de carámbola han adquirido los países de la OPEP, lo que a su vez tiene no poca relación con la financiación del islamismo radical y el sangriento “choque de civilizaciones” que estamos viviendo.
Por último, no olvidemos tampoco que el líderazgo de la industria automovilística en Europa corresponde a las grandes marcas alemanas. Y que esas marcas están siendo el vehículo principal que objetivamente está utilizando Alemania para ejercer una hegemonía económica, financiera y política implacable en todo el continente.
Así que, contando con todo, sin olvidar por supuesto la contaminación atmosférica que nos asfixia en las grandes ciudades, el automóvil puede muy bien ser visto como el gran villano de nuestro tiempo y nuestra sociedad.
El coche es el paradigma de la pulsión hacia la tecnología por el mero afán de usar la tecnología, sin que medie una verdadera necesidad.
La locura automovilística simboliza como ninguna otra (con excepción quizá de los smartphones y tabletas y la estupidez colectiva que han desencadenado) la transformación antropológica irremediable que está ocasionando la tecnología en el ser humano.
Lo malo es que esta fiebre por acceder acríticamente a cualquier novedad tecnológica está cambiando-y limitando- nuestra capacidad de comprender y reflexionar.
O hacemos algo y rápido, o muy pronto el ser humano será algo distinto a lo que hasta ahora conocemos. Algo, a mi juicio, peor.
Pero el problema es que incluso hemos acabado pensando que los problemas de la tecnología solo se arreglan con más…tecnología. Y esta falacia, a la que Morozov denomina «solucionismo», es la más insidiosa de las trampas que nos ha tendido la tecnología y quienes se aprovechan de ella.

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