Copago, déficit de izquierda y pensamiento único.

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En una Comunidad española, el nuevo gobierno autonómico ha decidido por fin eliminar el copago farmacéutico para los pensionistas, con efectividad 1 de Enero.
Es una sorprendente noticia. Una prometedora noticia desde el punto de vista de la democracia, la igualdad y el progreso social.
El asunto del copago farmacéutico, al igual que el de las infames tasas judiciales, epitomiza el desarme ideológico de la izquierda, el drama que arrastra desde hace décadas. Copago y tasas ejemplifican como pocas otras cosas el triunfo del discurso único, la victoria abrumadora del modelo de pensamiento basado estrictamente en una pretendida eficacia económica y en la feroz dogmática asociada a esa pretendida eficacia.
Desde hace años, el pensamiento progresista, el pensamiento de izquierdas, se pliega obediente, dócil y resignado ante ese discurso único de la eficacia. Y acepta, pastueño, que, de alguna manera, habrá que implementar algún modelo de copago o, en términos generales, de diferentes tasas sobre servicios sociales fundamentales. Y esto, claro está, habrá de hacerse por pura lógica económica, faltaría más, y en aras de hacer sostenible el sistema. Oponerse a ello, se concluye, es actitud cerril, retrógrada y contraria a la lógica de las cosas. Se entra así, con todas las de perder, en el juego de los numerosos contables y peritos en cuentas que están al servicio del poder (algunos de ellos curiosamente autoproclamados de izquierdas). Doctos juntacifras que hacen gala, en su argumentación, de toda una panoplia de estudios comparativos y referencias a diferentes países y sistemas sanitarios (o judiciales).
En pocos casos, ante ese despliegue de datos, el pensamiento progresista alcanza a reaccionar, a atreverse a reflexionar out of the box, a abrir la cerradura de la Eiserne Jungfrau definida por el dogma de la pretendida eficacia económica, a librarse de las orejeras de jumento que no dejan ver más que lo que el amo del equino quiere que se vea.
El copago farmacéutico reduce el gasto sanitario. ¿Quién puede negarlo? Y, claro, sin la menor duda es preciso reducir el gasto sanitario. Por lo tanto, el copago es indispensable. Estamos ante un aparente silogismo en Bárbara. Un silogismo, sin embargo, que es intelectualmente patológico, una saducea falacia retórica que  la izquierda actual parece totalmente incapaz de refutar y que ejemplifica muy bien un problema ideológico de mucho mayor alcance.
Tenemos, al parecer, una izquierda que no se atreve a pensar si no existen otros medios más socialmente progresivos que el copago para reducir el gasto sanitario, o que las tasas para resolver el problema del degradado sistema judicial, totalmente olvidado este último, por cierto, por el gobierno y los partidos políticos que concurren a las elecciones, sea cual sea su color.
Ante el discurso reaccionario del copago y las tasas, convendría meditar antes de nada sobre las diferentes vías para reducir el gasto. ¿Por qué centrarse tan solo en cargar esa reducción sobre las agobiadas espaldas de los ciudadanos ?
¿Por qué, por ejemplo, no se empieza por cuestionar el precio de los medicamentos, que es, obviamente, una variable principal en la determinación del gasto que necesitamos reducir?
Si llevamos el debate a este ámbito, podremos afrontar la cuestión de decidir si es o no aceptable el actual sistema de patentes que permite a un gran laboratorio farmacéutico aplicar durante décadas precios monopolísticos y sin duda abusivos, por el mero hecho de haber sido los primeros en validar un cierto hallazgo terapéutico. También podemos entrar en cuestiones como la mala praxis de la Big Pharma, que promueve enfermedades inexistentes (el famoso disease mongering) , maximiza la presentación de los discutibles beneficios terapéuticos, minimiza la de los riesgos y efectos secundarios (los efectos secundarios, se crea o no, son la tercera causa de mortalidad en España, después del cáncer y las enfermedades cardiovasculares), manipula los umbrales patológicos (ahora va a ser que 150 mg/dl de colesterol, que es el nivel con el que todos nacemos, ya requiere de medicación) invierte cantidades absurdas en márketing y publicidad que encarecen hasta el infinito los precios de venta, y presiona de mil y un maneras a la clase médica para recetar medicamentos ineficaces pero carísimos…Todo ello con un impacto enorme en el volumen de ese gasto farmacéutico que el “pensamiento único” prefiere reducir con el simple expediente de cargar el importe del medicamento en las espaldas del ciudadano.
Hoy, en España, el verdadero problema del gasto farmacéutico no son los 10.000 millones de euros anuales de gasto ambulatorio (compras de medicamentos en farmacias), que es partida ya suficientemente controlada después de los brutales recortes del gobierno en los últimos años. Hoy, el verdadero problema está en el gasto farmacéutico hospitalario, que no se podrá resolver con el copago. El gasto farmacéutico hospitalario ya representa en estos momentos unos 5.000 millones de euros anuales y está desbocado, entre otras cosas, por una mala gestión de las autoridades sanitarias y por las prácticas más o menos oscuras de los laboratorios y sus procedimientos comerciales en el ámbito de los hospitales.
Los lobbys de la Big Pharma son muy poderosos. Y su actividad es un factor clave en el absurdo volumen actual de gasto farmacéutico. Esos lobbys consiguen que en España, por ejemplo, y a diferencia de lo que ocurre en los principales países europeos, el sistema sanitario público siga financiando los sysadoa, es decir, ese grupo de medicamentos orientados para aliviar la artritis (condrotin sulfato, glucosamina y otros similares…) que está completamente demostrado que son ineficaces y que ya han sido retirados de la financiación pública en casi todos los países europeos. Tan solo el impacto económico de los sysadoa sobre el sistema sanitario español es de unos 500 millones de euros anuales…¿por qué los doctos promotores del copago no mencionan este y otros muchos despropósitos administrativos similares cuyo impacto en la redución del gasto farmacéutico en España podría ser claramente superior a la mayoría de propuestas de copago que se están planteando y por lo tanto hacer estas últimas innecesarias?
Ser de izquierdas es ante todo defender la igualdad, la progresividad en las cargas sociales, la lucha, nada fácil, por garantizar a todos los ciudadanos la gratuidad de, al menos, los servicios básicos, como la sanidad, la justicia, la vivienda, la seguridad, la educación… Y nada hay más contradictorio con esa mentalidad de izquierdas que plegarse ante quienes promueven el copago sanitario o de las tasas judiciales.
Puede que sea muy preocupante el déficit del sistema sanitario. Pero aún más preocupante es el déficit de izquierdas que sufrimos y que impide a los pensadores progresistas desarmar dialécticamente a los promotores de algo tan regresivo como las tasas y el copago.
Desde hace muchos años, vivimos, como diría Flores d’Arcais, en débito de izquierdas, entendido este concepto en el mismo sentido en el que hablamos cuando nos referimos al débito de oxígeno de un atleta en plena carrera. La izquierda política europea nació en los albores del siglo XX como fruto de una alianza entre el socialismo y el liberalismo iluminista heredado de la Revolución Francesa. Fue una alianza frágil (como ya entrevió Rosa Luxemburgo) justificada tan solo para acabar de una vez por todas con la derecha clerical y reaccionaria, tributaria del Antiguo Regimen. Ese objetivo se consiguió, pero, una vez logrado, la frágil alianza debía desembocar necesariamente en el debilitamiento progresivo de uno de los dos aliados. Y está claro quien tenía todas las cartas para ser el perdedor. Fue un proceso que culminó en los años 70 del siglo pasado, cuando la inteligentsia de la izquierda empezó a dar por buena la falacia según la cual socialismo y totalitarismo serían en última instancia la misma cosa. Esta infantil falacia, abonada por el brutal fracaso y desmoronamiento del llamado «socialismo real» combinó sus efectos con lo que Jean-Claude Michéa ha llamado acertadamente la Metafísica del Progreso. Esto es, la izquierda progresista no supo revisar críticamente el espejismo del necesario progreso de la Historia, es decir, la creencia de que todo avance histórico se produce-necesariamente- en la buena dirección. Ahora bien, el capitalismo y su implacable dinámica de crecimiento, que no conoce como sabemos ni límites geográficos ni morales, confundió a la izquierda europea que, por su énfasis en la lucha contra el pasado y el retraso, acabó aceptando la imposibilidad de detención del capitalismo, creyendo erróneamente que esa convicción equivalía a la imposibilidad de frenar el progreso.
Así que la izquierda, en estos tiempos oscuros de copagos y tasas variadas, acepta en esencia el modelo capitalista, y  parece fatalmente asfixiada por la atmósfera tóxica del pensamiento único economicista y confundida por la insidiosa metafísica del progreso. Es obvio entonces que se necesitan aires nuevos. Hace falta una izquierda que combata contra la izquierda. Acaso con las elecciones generales en España, que parecen destinadas a modificar todos los viejos paradigmas, esa izquierda europea entumecida y desorientada comience a intuir que necesita reinventarse y deshacerse de su velo de confusión y entreguismo ideológico. Quien sabe. A lo mejor es posible. Desde mañana.

Doña Manolita y la Orangutana.

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Me comenta Mercedes dos “experimentos” psicológicos que han tenido lugar esta semana. Pongo comillas porque propiamente no se han planteado como tales experimentos. No se han realizado con el necesario rigor científico. Sin embargo sí han sido, en cierta medida, experimentos. Y desde luego ambos han ofrecido resultados fascinantes que dan mucho que pensar.
El primer experimento que nos ha ocupado ha tenido lugar en una céntrica calle de Madrid, a las puertas de un famoso establecimiento de lotería en el que cada año, por estas fechas, la gente hace largas colas para conseguir su décimo. Los “experimentadores” se han acercado a los clientes que salían con su flamante boleto recién adquirido (por 25 euros, normalmente) y les han ofrecido cambiar ese décimo por un buen jamón de marca (de evidente mayor valor que esos 25 euros). Curiosamente, la mayoría de la gente ha preferido conservar el décimo, pese a que el jamón es uno de los objetos más deseables y de valor más contrastado para el español medio. Este asombroso resultado demuestra la profunda irracionalidad del comportamiento económico. Lo racional sería haber cambiado el décimo por el jamón y obtener así un beneficio mucho mayor que la esperanza matemática que ofrece la lotería de Navidad, que es apenas la mitad del coste del décimo. Aceptar el cambio implicaría, pues, un excelente negocio: comprar un jamón por 12 euros. Pero nadie ha hecho esas cuentas. Han preferido con mucho retener su décimo de Doña Manolita, pensando, con no menor irracionalidad, que los décimos de Doña Manolita tienen altas probabilidades de obtener premio (lo cual no es cierto, sus probabilidades son idénticas a las de cualquier otro expendedor, ocurre obviamente que Doña Manolita vende mucha lotería y eso hace que con frecuencia otorgue premios). Irracionalidad económica por todos los lados, entonces. Y esto hace pensar en lo difícil que es hacer teoría económica cuando los sujetos que la protagonizan son tan endiabladamente irracionales (y por lo tanto imprevisibles) en sus comportamientos económicos.
El otro “experimento” de esta semana ha sido el de la orangutana Jingga, del zoológico de Barcelona. Un visitante se ha sentado junto a ella y le ha mostrado un vaso con un fruto seco dentro, al que ha cubierto con una tapa. Luego, el visitante ha hecho un pequeño juego de manos y ha escamoteado el fruto seco. Enconces ha abierto la tapa ante los ojos expectantes de Jinga, y ha mostrado el interior del vaso, ahora vacío. Justo en el momento en el que Jingga se ha dado cuenta de que había desaparecido el fruto seco, la orangutana ha echado a reir. Literalmente se ha tirado por los suelos de la risa…
Esa reacción de carcajada de Jingga, al ver el vaso sin el fruto esperado, es maravillosa. No solo porque esa risa nos acerca aún más a esas criaturas, en la medida en el humor o la risa se nos presentan como fenómenos típicamente humanos. También es maravillosa esa risa porque justamente abona la teoría que relaciona el humor con lo incongruente, con lo inesperado, con lo que siendo trivial e inofensivo, escapa sin embargo a la razón. Es una teoría que tiene sus raíces nada menos que en Cicerón, que ya veía el humor como una derrota de lo esperado. Cicerón es el primer autor que trata de analizar filosóficamente (o psicológicamente) el fenómeno de la risa. Y es también el primero en acuñar la palabra latina para “chistes”, es decir, facetiae. En esencia, esta visión del humor como una misteriosa y grata explotación de algún tipo de incongruencia entre lo real y lo esperado, es la misma que asume Kant (y en cierto modo también Schopenhauer y Freud, después). En Crítica del Juicio leemos que la risa es una afeccion que se experimenta ante la súbita transformación de algo que esperábamos con total convicción en…la nada. Se diría pues que Jingga, la orangutana del zoo de Barcelona, reafirma a Kant con su carcajada ante la nada. O a lo mejor es que ha seguido el consejo de ese político que recomendaba al filósofo sin haberlo leído, y nos ha querido demostrar que ha entendido bien lo que se díce en Crítica del Juicio…
En cualquier caso, tanto el experimento de Doña Manolita como el de la orangutana Jingga, tienen algo en común. En ambos, se da un fracaso de la razón.
La razón sale derrotada entre los clientes de Doña Manolita, que no son capaces de valorar bien las probabilidades y la esperanza matemática real y se encariñan además irracionalmente con el décimo que acaban de comprar (el célebre “endowment effect” y la “loss aversion” de Dan Ariely).
La razón sale también derrotada en el caso del vaso vacío, debido a que Jingga no ha alcanzado a entrever (o imaginar, o suponer) el pueril truco de escamoteo que ha hecho el visitante con el vaso y el fruto seco desaparecido.
Muy interesante todo. La razón traicionada por las emociones y la superstición en el primer caso. La razón traicionada por la manipulación externa en el segundo. Un tema perfecto para reflexionar en estas vísperas de elecciones, cuando, creo que más que nunca, se está dando en la sociedad el paroxismo de lo irracional.
El consuelo, al menos, es que, en el caso de la orangutana, la consecuencia del fracaso de la razón ha sido la risa. Una hermosa, libre y humana carcajada. Por lo tanto, vamos a tomarnos con cierto humor el resultado que salga de las urnas el domingo. Un resultado que acaso evoque la nada del vaso que hizo reír a Jingga. Pero siempre podremos tomarnos el asunto con el mismo humor del que Jingga hace gala al ver esa nada del vaso vacío…Y aspirar a que al menos nos dejen reir un poco en nuestro propio zoo, sea quien sea el nuevo gerente.

Amor non amatur

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Este fin de semana pasado, tocaba instalar en casa el Belén, como cada año. Algún amigo se extraña y me protesta que yo siga esa tradición, conociendo mi forma de pensar. Pero ocurre que a mí me encanta este rito anual de “montar” nuestras preciosas figuritas napolitanas. Y como tal rito lo aprecio. Vivimos en unos tiempos en los que, en el peor sentido de la palabra, todo tiende a la desacralización. Sin embargo, resulta que necesitamos que subsista entre nosotros lo sagrado, lo ritual, lo litúrgico si me apuras. Y esto por razones no necesariamente religiosas, sino estrictamente antropológicas.
Entonces, el pesebre navideño viene a ser  como el último eco de lo sagrado entre nosotros, en nuestra vida cotidiana. Pesebre viene del latín praesaepe, que a su vez se compone de prae, delante y de saepes. La saepes, o siepe en bajo latín era originariamente el lugar reservado para dar de comer a los animales, o más bien para mantenerlos protegidos. En este sentido, siepe era sinónimo de cerca o recinto cercado. Pero, curiosamente, saepes viene de la raíz indoeuropea sak/sag, que a su vez nos da la connotación de lo próximo a lo divino, de lo sagrado. Por lo tanto, el pesebre es el recinto de acceso a lo sacro, aquello que se sitúa junto a lo sagrado, aquello que por su naturaleza es vecino a lo divino.
Montar el Nacimiento o Pesebre es, en esencia, reservar un lugar de la casa para lo sacro, poner una cerca de sacralidad en el corazón del hogar. Y esto recuerda el ancestral gesto del hombre primitivo, que no es sino acotar un espacio para lo que aspiramos que sea protegido por la divinidad. Las fundaciones míticas de las ciudades son, en esencia, acotaciones de recintos sagrados. La propia esencia etimológica de la palabra templo, como ya he comentado alguna vez, sugiere la idea de reservar un espacio muy bien delimitado para asignarlo a lo divino.
Así que yo me siento muy bien preparando el Belén en nuestra casa cada Navidad. Ponemos todos mucho cuidado en que sea hermoso y completo. Sobre todo completo, porque, de alguna manera, un Belén es un microcosmos en sí mismo. Y por ello es un canto silencioso a la existencia y al amor a la vida. En nuestro Belén, en cualquier verdadero Belén, está todo: la Naturaleza, el Cielo y las Estrellas, las creaciones humanas, los animales, el trabajo de cada día, lo mágico y lo misterioso…Se puede ver toda una antropología en cada Belén, como muy bien ha intuido Erasmo Silvio Storace.
Yo entiendo que algunos de los nuevos ayuntamientos de las grandes ciudades, gobernados ahora por fuerzas políticas muy laicas, muy combativas contra las viejas tradiciones, muy del no a la guerra, hayan reducido este año las asignaciones municipales para los clásicos Nacimientos urbanos. Lo comprendo.
Pero, por cierto, lo que acaso no saben estos nuevos y flamantes jóvenes munícipes es que la tradición del Belén nació justamente como un poético y cósmico No a la Guerra.
El pesebre navideño fue un genial invento de Francisco de Asís. Ahora bien, cualquiera que conozca la personalidad de ese santo debería extrañarse muchísimo de que a un santo como Francisco se lo ocurriese promover algo tan teatral, costoso (y hasta cierto punto tan “profano”), como una reproducción a escala del establo de la narración evangélica. ¿Por qué tuvo esta idea?
Es muy sencillo. Francisco de Asís fue el gran pacifista de primera hora. Se esforzó muchísimo en sustituir la lucha armada en Tierra Santa por la mera predicación y la actividad misionera. Incluso se embarcó en la Quinta Cruzada y consiguió entrevistarse con el Sultán, a quien, según la tradición, tuvo la osadía de intentar convertir. Cuenta una leyenda, recogida por ejemplo por Antonio de Torres en Giesù Bambino, que el Sultán le preguntó a Francisco por qué los cristianos predicaban el amor pero hacían la guerra. Al parecer, Francisco rompió a llorar y respondió, con una frase ya dicha por Jacopone da Todi: “porque el amor no es amado”, l’amore non è amato…amor non amatur…
Pues bien, cuando Francisco retornó a Italia, decidió hacer su propia “protesta” frente al afán bélico de la cristiandad. ¿Y cómo lo hizo? Pues a su estilo. Creando una especie de Tierra Santa en miniatura que hiciese innecesario embarcarse hasta Palestina con armas y bagaje. Instituyendo la tradición belenística, Francisco quiso decir, sin palabras, y a su modo profundamente lírico, como bien nos explica Franco Cardini, que el Pesebre podría estar en cualquier sitio, y para empezar en nuestro propios corazones.
Así que, paradójicamente, cuando los nuevos prebostes urbanos limitan o restringen la vieja tradición de los pesebres en nuestras ciudades, están acallando uno de los más interesantes gestos pacifistas de la historia de la Humanidad. Uno de los primeros No a la Guerra que se conocen. El más hermoso, tal vez.

Misericordia Vultus

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Ya hemos devorado esta mañana los habituales churros y porras dominicales. Para mí, nada como los churros y las porras para saciar el hambre atroz generada por un paseo en bicicleta por la dehesa, hoy tan fría, neblinosa y húmeda de rocío.
Mientras disfrutábamos de los sencillos manjares de sartén, Marta me pregunta sobre el tema respecto al que voy a escribir esta mañana. Le respondo que será el Jubileo, tal como amenacé el otro día. Marta tuerce el gesto. ¿Por qué no hablo de cosas de actualidad?-me dice-¿cosas que interesen, en lugar de esos rollos macabeos que te marcas de vez en cuando?
¡Pero si no hay nada más actual que el Jubileo del Papa Francisco!-Le replico-Y si me das un rato te lo voy a demostrar…
Entonces, resignada, Marta se dispone a escucharme. Aún quedan algunas porras. Y la jarra de chocolate aún está mediada.
Empiezo por decirle a Marta que hablar del Jubileo que esta semana ha inaugurado el Papa es hablar justamente de lo que la Pardo Bazán llamaría las cuestiones palpitantes de hoy en día.
Hablar del Jubileo es hablar del problema de la desigualdad social, más candente ahora que nunca. Hablar de Jubileo es hablar, como explicaré, de choque del civilizaciones que estamos viviendo, y del enfrentamiento eterno entre occidente y el Islam. Hablar del Jubileo es, como también más adelante explicaré, hablar de economía, capitalismo y acumulación de la riqueza. Hablar de Jubileo es hablar de globalización y compromiso planetario, algo particularmente candente ahora que termina la Conferencia de París, con resultados tan inciertos. Por último, hablar de Jubileo, de este Jubileo, es también hablar de las graves turbulencias que atraviesa ahora la Iglesia Católica, en cuyo interior el mal y la intriga parecen adoptar cada día formas más escandalosas.
Voy a explicarme.
Hablar de Jubileo es, en primer lugar, hablar de desigualdad, pues las raíces históricas del Jubileo, o más bien los antecedentes, las encontramos en los textos asirios de hace 40 siglos, escritos en sumerio o acadio, en los que se menciona la necesidad de cancelar periódicamente la esclavitud por deudas y otro tipo de contratos. También encontramos esta misma idea en el Código de Hammurabi, bajo forma cuatrienal. En todos estos casos, estamos ante un sentido de restitución de un equilibrio social alterado por la acumulación de riqueza de los poderosos. Es decir, hace ya 4.000 años, los hombres ya eran conscientes de que, si no se actúa positivamente para neutralizarla, la desigualdad que ocasiona la vida económica y social acaba produciendo injusticias intolerables. Esto es algo que conviene recordar ahora a los adalides de un trasnochado liberalismo que se obstinan en obviar el principal problema social de nuestro tiempo (y del pasado), que no es otro sino el crecimiento desaforado de la desigualdad, a golpe de crisis y recesiones.
Hablar de Jubileo es, en segundo lugar, hablar también de choque de civilizaciones. Porque el verdadero antecedente del Jubileo está en las indulgencias plenarias que Roma otorgaba como incentivo a los cruzados, durante los siglos XII y XIII. O a los que para evitar enrolarse como cruzados abonaban a la Iglesia la correspondiente cantidad compensatoria.
Hablar de Jubileo es, en tercer lugar, hablar de economía, capitalismo y acumulación de riqueza. Porque cuando las Cruzadas a Tierra Santa dejaron de ser viables, Roma comprendió que era preciso seguir manteniendo de algún modo el admirable flujo económico instaurado con aquellas indulgencias vinculadas a la lucha contra el Islam en Palestina. Y fue así como en 1300, el Papa Bonifacio VIII, al que Dante sitúa decididamente en el Infierno, y que Giotto pinta en el cuadro que arriba reproduzco, proclama el primer Jubileo cristiano de la Historia, sancionando con fuerza canónica el mecanismo teológico-económico que la tradición ya había instaurado desde hacía muchas décadas. En virtud del Jubileo de Bonifacio, los cristianos que en el centessimo anno visitasen San Pedro y venerasen la Verónica, tendrían el beneficio de la indulgencia plenaria. Esto no era cosa baladí. En la Edad Media, las penitencias impuestas a los creyentes eran muy gravosas. Podían arruinar o hacer invivible una vida entera. Así que conseguir indulgencias que aliviasen la pena impuesta por los pecados era algo importantísimo de cara a la vida cotidiana. Por eso, esta solución del Jubileo se reveló como genial. Era una gran idea para los cristianos, que se libraban de las pesadas penitencias. Pero también era una gran idea para sede papal, que veía llegar un enorme flujo de visitantes a la Ciudad Eterna, con el consiguiente impacto económico. Lo más interesante es que, detrás de todo este fenómeno jubilar, emergía una elaboración teórica muy interesante, teñida de pensamiento económico capitalista. Los teólogos medievales sostenían la peregrina idea, nunca mejor dicho, según la cual el sacrificio de Cristo y la vida de los innumerables Santos, habían ido acumulando en alguna parte una especie de Tesoro de Santidad cuya custodia y gestión Dios había encomendado a los Papas. Un ejemplo de buena administración de este fideicomiso divino o deposito bancario de santidad era promover el Jubileo. ¿Por qué? Pues porque ofreciendo indulgencias plenarias, se aumentaba el número de los cristianos salvos, lo que a su vez incrementaba sin duda el Tesoro de Santidad. Promover el Jubileo era por tanto algo tan oportuno como realizar buenas inversiones financieras. Era, ciertamente, una forma de acumular cada vez más riqueza espiritual. De algún modo, se estaban sentando las bases de una justificación del mecanismo de acumulación de capital. Se trataba de un capitalismo espiritual, ciertamente, pero era capitalismo avant la lettre. Lo cierto es que con este equipaje teórico, el Jubileo se fue instaurando como una sólida tradición en la vida de la Iglesia Católica. Inicialmente estaba concebido para celebrarse cada 50 años, pero luego el período se fue reduciendo inexorablemente, de acuerdo con las necesidades económicas y los avatares históricos que ha ido atravesando la Iglesia Católica. Y el mecanismo jubilar fue al cabo objeto de tantos abusos que cabe afirmar que la reforma luterana tuvo como uno de sus factores desencadenantes el escandaloso jubileo del Papa Borgia en 1500 o el del atribuladísimo Clemente VII en 1525, que precedió al Sacco di Roma.
Hablar de Jubileo es en cuarto lugar, hablar de globalización. Porque este Jubileo del Papa Francisco tiene una particularidad totalmente novedosa. Es un Jubileo difuso a nivel planetario. No se exige, tal como explica Bergoglio en Misericordia Vultus, la bula que proclama el año jubilar, visitar Roma para obtener indulgencia. Habrá, por decirlo así, Puertas Santas abiertas en toda la cristiandad. Esto es una primicia, y una manifestación del nuevo perfil de nuestro mundo, global y pluricéntrico. Un mundo que se nos ha hecho más vulnerable y más pequeño de lo que nadie podía imaginar hasta hace pocos años y en el que ya no cabe pensar en una sola Roma, sino muchas.
Hablar de Jubileo, en quinto y último lugar, es hablar de la crisis interna que vive la Iglesia Católica. Porque este Jubileo de Francisco tiene también una advocación muy particular. Es oficialmente el Jubileo de la Misericordia. Pero esta vez se está planteando no solo la misericordia divina por el mundo o por los cristianos sino también la misericordia divina por la Iglesia Católica, tan envuelta ahora en llamativos desmanes y contradicciones internas. No es casualidad, por cierto, que Bergoglio haya decidido abrir la Puerta Santa el pasado 8 de Diciembre, en el 50 aniversario del Concilio Vaticano.
Desigualdad, choque de civilizaciones, acumulación injusta de riqueza, globalización, y crisis interna de la institución más antigua de la Historia…de todo eso nos habla el Jubileo de un Papa latinoamericano y jesuita a quien yo insisto en considerar el único verdadero líder del mundo en el que estamos viviendo. Por eso yo tengo la esperanza, ahora que ya, ¡ay! no quedan churros ni porras en la bandeja de nuestro desayuno, de que Marta haya comprendido al menos un poco por qué ese evento del Jubileo me parece un asunto de suficiente interés como para escribir este largo y sin duda tedioso post de domingo. No sé.

Stercore diaboli

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Es bien sabido que Papini definía el dinero como el excremento del diablo. “La moneda” decía, “que ha hecho morir a tanta gente, hace morir cada día a millares de almas…quien toca el dinero con voluntad, toca, sin saberlo, el estiércol del demonio…
Pues ahora resulta que esta célebre metáfora de Papini va a tener más sentido del que parece. Porque resulta que unos ingenieros de la Arizona State University han demostrado que los detritus producidos por los habitantes las grandes urbes, esas sucursales del infierno con las que los seres humanos hemos decidido arruinar el planeta Tierra, contienen cantidades muy importantes de oro. Un oro que además, se puede recuperar de forma costo eficiente, mediante adecuados procedimientos físicos y químicos.
Paul Westerhoff, el ingeniero jefe del equipo de la mencionada universidad de Arizona, ha llegado a la conclusión que se podría recuperar, de las cloacas de una sola megalopolis de 10 millones de habitantes, un total de 130 millones de dólares en oro al año. Coincide con esta evaluación otra destacada geóloga de la Universidad de Cardiff, Hazel Prichard, que está convencida de que en las alcantarillas inglesas hay más de 510 millones de libras esterlinas en oro, esperando a quien se decida a recuperarlo.
Como podíamos esperar, en Japón ya había gente que estaba aprovechando, sigilosamente, estos hallazgos. En la prefectura de Nagano, desde el 2009, obtienen casi dos kilos de oro, nada menos, a partir de cada tonelada de polvo surgida de los incineradores de residuos. Puede parecer una barbaridad (a mi me resulta casi increible), pero el dato se explicaría en parte, dicen, porque Nagano es una zona en la que se producen muchos utensilios y aparatos en los que se emplea el oro.
Sea como sea, los hechos y la tecnología le dan la razón al brillante escritor italiano. En un futuro, cuando alguien luzca una pulsera o un reloj de oro, podremos jugar a pensar, con más razón que nunca, que su brillo seductor está profundamente vinculado, ab origine, al fétido hedor de las cloacas y los basureros de las endemoniadas megalópolis. Ni más ni menos que lo que había intuido Papini.

Verdades y Palabras.

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La etimología folk o etimología asociativa, es la explicación, sin base científica real, del origen de una palabra a partir de asociaciones verbales aparentes, más o menos banales o mecánicas. Se trata de explicaciones que desconocen o no tienen en cuenta las reglas filológicas de evolución y derivación de los vocablos.
La etimología folk tiende a divulgarse mucho cuando incorpora algún elemento que le da aires de cultura, curiosidad histórica o anécdota de cualquier tipo.
Un ejemplo magnífico de etimología folk es la palabra “sincera” que la cultura popular atribuye a no se qué tradición de los escultores romanos de cubrir los fallos de sus estatuas con pedacitos de cera. Entonces, la sinceridad sería más o menos lo que atribuiríamos al escultor “transparente”, que se niega a ocultar sus errores con el toque de la falsaria cera. Habremos leído esta “etimología” en mil sitios y sin embargo es decididamente falsa, pues la palabra sincera, como nos enseña la filología, está relacionada más bien con una raíz indoeuropea “skar”, que indica contaminación, impureza…Sincero es simplemente aquello que es puro. Nada que ver con la cera.
Otro ejemplo de etimología popular sería antimonio. Recuerdo que un amigo, que para más inri es licenciado en Químicas, me decía un día muy convencido, pues se lo habían dicho en la facultad, que este elemento químico se usaba en la Antigüedad para envenenar a los monjes (!), y de aquí, claro, “anti-monium”…En realidad, el origen etimológico de antimonio es una palabra copta, como en tantos casos de vocablos químicos, ithmi, que evoluciona hasta el árabe al itmi, y desde allí al latín atimoii.
Un tercer ejemplo de etimología popular, que a mí me gusta mucho, sería “salario”. En todas partes es palabra que se hace derivar de la sal con la que al parecer se pagaban los sueldos de los legionarios romanos. Esto es un disparate. No quiero ni pensar en el mal humor de los legionarios de Roma si sus emolumentos por ir dando barrigazos por la Galia o la Tracia se pagasen estrictamente con meros puñaditos de sal. En realidad, salario, al igual que soldado y sueldo, proviene, pese a lo que se diga en mil y un lugares, de la palabra latina solidus que era el adjetivo usado para referirse a alguna moneda de cierto valor (solidus, entero) por contraposición a la moneda fraccionaria o “calderilla”.
Muchas de las etimologías populares tienen su base en lo dicho o escrito por algún autor que decide explicar a su modo y manera el origen de una palabra. Hay decenas de etimologías populares que se remontan a la creatividad etimológica disparatada de San Isidoro. Al gramático francés Bovelles le debemos cosas tan peregrinas como pensar que bonet (gorro en francés) se deriva de bon est, es decir, bueno es, pues, claro está, un gorro nos evita el catarro y la flema en tiempo frío, lo que es muy bueno. A Terencio le debemos la peregrina idea de que la sinceridad tiene que ver con la cera. Y a Plinio el Viejo hay que atribuir la divulgadísima y falsa etimología de salario a partir de su convicción de que los soldados de los primitivos ejércitos romanos se conformaban con cobrar su estipendio regular con un poquitín de sal.
Una interesante variedad de la etimología folk sería la etimología fantástica o ficcional, creada por la imaginación de algún escritor. La gente da crédito a un artífice de las palabras y esa falsa etimología va adquiriendo carta de naturaleza. El mejor ejemplo de etimología fantástica sería laberinto, que Borges decidió un día, por su cuenta y riesgo, que significaba, etimológicamente, túnel. Quizá lo dijo a partir de una lectura del magistral El Túnel, de Sábato, cuyo protagonista nos dice en alguna página “mi cabeza es un laberinto oscuro. A veces hay relámpagos que iluminan algunos corredores”.
Sentada esta etimología ficcional de laberinto por un literato genial como Borges, se le ha dado crédito en muchos lugares. Y hoy en día no hay persona culta que no esté convencida de que todo laberinto es, en esencia, una oscura trabazón de negros túneles como los que obsesionaban a Sábato o a Borges. Pero en realidad, laberinto proviene del griego labyrinthos, que a su vez se relaciona con el verbo griego arcaico labo, que tenía el significado de “captar”, “coger”, “capturar”, especialmente peces. La etimología griega de laberinto nos conduce entonces a las redes, como las que usan los pescadores griegos para enredar a sus capturas.
Etimología significa, etimológicamente, verdad de las palabras. Pero ocurre, ay, que en el ámbito de las palabras, como en el de la vida en general, no parece haber una sola verdad, sino muchas. Demasiadas.

Dichtung

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En aleman, utilizan la palabra Dichtung para referirse a la poesía. Pero el campo semántico del término germano es mucho más amplio que nuestra “poesía”, y es similar a lo que por poesía se entendía en la antigüedad grecolatina. El Dichtung alemán concuerda con la definición de poesía que daba Somerset Maugham (tal vez la mejor que se conoce), es decir, aquello que surge del recuerdo ya calmado de una experiencia emocional. Dicthung puede ser entonces, en alemán, cualquier creación literaria, artísticamente realizada y orientada al goce emotivo. Entre los teutones, pues, no caben esas tontas matizaciones que nosotros hacemos respecto a la prosa o el verso. Si es artístico y y es bello, ese conjunto de palabras es Dichtung, es creación (poieo) poética. Qué diablos importará la rima o la asonancia. Nosotros, en castellano, hacemos acrobacias verbales para reconocer, por ejemplo, que Hiperion, de Hölderlin, es una novela de alto contenido lírico. Los alemanes son más certeros y más precisos cuando llaman Dichtung a la obra inmortal de ese poeta respecto al que Thomas Mann dijo que si Karl Marx lo hubiese leído, las cosas estarían mejor.

Júbilo

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Mercedes me pregunta sobre tres palabras. Quiere saber si jubileo, júbilo y jubilación tienen alguna relación. Le respondo que sí y no, porque es un asunto que requiere cierta explicación, y no basta el recurso al Corominas que, en este asunto, excepcionalmente, no ilumina apenas nada.
Como es bien sabido, el concepto de “jubileo” proviene de una antiquísima tradición judaica, basada en el Levítico, según la cual, cada 50 años (el año siguiente a 7 veces 7, sabbath de sabbaths por tanto), se debía realizar un rito de “restitución” a Yahvé de su posición como Señor último de patrimonios y personas. En virtud de ese rito igualitario y equilibrador, las tierras cedidas por dinero se devolvían a sus dueños originales, y las personas que se habían entregado a la esclavitud por razones económicas volvían a sus familias originales.
Ese año sabático judío comenzaba con una liturgia muy especial: el sonido de un gran cuerno de. Ese cuerno era el “zofar”, al que también se llamaba “yobal” o «yobhel«(carnero). Y es esta palabra, “yobal”, la raíz del término “yobêl”, que es la palabra hebrea que aparece en la Biblia para referirse al año de gracia.
En la Septuaginta, los sabios judíos de Alejandría que volcaron a esa lengua común que era el griego la Biblia hebrea, tradujeron ese “yobêl” como aphesis, esto es, liberación, remisión, perdón…
Cuando San Jerónimo, el traductor al latín de la Septuaginta, se encuentra con aphesis, no se queda conforme con el sentido del término griego. Y tiene la lucidez de acudir al original hebreo “yobêl”, dejándolo sin traducción. O más bien de inventarse para traducirlo un término específico, “iubileo”, recurriendo con ello a una modificación del verbo latino iubilare, que significaba básicamente, dar gritos de alegría (del griego iou, grito; o acaso del préstamo iabelaios, griterío, que los griegos habían tomado del hebreo yobêl ) y que es justamente el que está relacionado con nuestra palabra “júbilo” o “jubiloso”.
La feliz intuición de San Jerónimo es la que ha hecho posible que el término jubileo, que en última instancia es de origen bíblico, se haya incoporado a muchísimos idiomas (entre ellos el ruso y el chino, curiosamente).
Por lo tanto, jubilación no viene de júbilo, sino de jubileo. Pero es que jubileo, a su vez, se deriva al mismo tiempo, por obra y gracia de la creatividad lingüística de San Jerónimo, del yobêl hebreo y del iubilum latino. Por lo tanto, las tres palabras respecto a las cuales me preguntaba Mercedes, jubileo, júbilo y jubilación, sí están etimológicamente relacionadas, aunque de forma muy sutil.
El jubileo, como el que hoy inaugura Bergoglio, es una adaptación al cristianismo de una vieja tradición judía. Y lo es del mismo modo en que la palabra jubileo representa la integración en el mundo latino del término original hebreo.
Más allá de las palabras, la cuestión interesante es saber por qué y en qué circunstancias adapta el cristianismo la tradición judaica del Yobêl. Eso nos llevaría a las Cruzadas y a la gigantesca maquinaria que la Roma bajomedieval supo poner en marcha para convertir el perdón de los pecados en una fuente de ingresos económicos y expansión territorial. Pero eso es ya otra historia que acometeré en otro post. Este ya es demasiado denso, largo y, seguramente, pesado. Debo jubilar al lector de tanta palabrería.

Humanidad

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Yo casi siempre me pongo en guardia mental cuando escucho a algún político la palabra “humanitaria” o “humanidad”. Reitero una vez más la lúcida ironía de Woody Allen cuando decía que amaba a la Humanidad pero que lo que no soportaba era la gente… También Carl Schmitt denunciaba el uso meramente instrumental y el abuso sistemático de la palabra. Para Schmitt, la mayoría de las veces que un político o un ideólogo se refería a la Humanidad, estaba incurriendo en otra “deshonesta ficción”(unehrliche Ficktion). Proudhon también lo había visto un siglo antes, cuando, pensando en el colonialismo y sus autojustificaciones retóricas, nos advertía que “quien dice Humanidad pretende engañarnos”. Esta es una idea muy radical, como tantas otras de Proudhon, pero tiene sentido (como tantas otras de Proudhon). Si hablamos de Humanidad, será que somos todos los seres humanos una familia y no existen propiamente extranjeros. Pero entonces ¿por qué diablos decimos que hay que ayudar a los extranjeros por razones humanitarias?

La force brutale des baïonettes (et des citations).

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Marta me pregunta si estoy de acuerdo o no con los bombardeos en Siria. Evidentemente no. Sin embargo no considero un crimen execrable intentar limitar, mediante estos ataques, la capacidad de acción del fanatismo islámico.
Lo que sí tengo claro es que los bombardeos producirán daños colaterales importantes, y además no serán suficientes. Posiblemente no resolverán gran cosa. Y excitarán aún más el odio contra los “cruzados”.
Si se desea solucionar el problema, los aviones deberían arrojar otras cosas distintas a las bombas. No ya caramelos, como felizmente se le ocurrió hacer al piloto norteamericano Gail Halvorsen, durante la operación del puente aéreo con el Berlín occidental bloqueado por los soviéticos.
Habría que bombardear aquellas tierras con libros, con comida, con vestidos, con medicinas, con seguridad, con bienestar…Se se pudiese hacer esto de forma viable, se segaría la hierba bajo los pies de los jerarcas yihaidistas, y el problema entraría en vías de solución.
Ya comprendo que se me puede tachar, diciendo esto, de candidiasis ideológica (prefiero este término al de buenismo, porque candidiasis añade el interesante elemento semántico del contagio imparable que tiene la forma bambi de pensar).
Son precisos, insisto pese a todo, otros bombardeos sobre ese territorio marcado por la violencia donde precisamente tuvo lugar la primera guerra de la que tenemos constancia, lo que ya es fatalismo (me refiero al enfrentamiento entre Kish y Elam, allá por el 2650 a.c). No bastan las bombas para acabar con esa hidra de cien cabezas que es el victimismo de los fanáticos islámicos y su sentido de la humillación por parte de un Occidente que parece tenerlo todo y querer marginarles de los cauces de la Historia. Después de todo, ningún arma puede detener el poder de las ideas que parecen haber encontrado su momento, por más que esas ideas sean siniestras, aberrantes y manipuladas. Esto lo sintetizó en una frase inmortal Gustave Aimard, en su obra Les Franc Tireurs (ebook gratis en Google Play): Le président de la république mexicaine apprit alors à ses depenses que, dans toute question humaine, il y a quelque chose de plus puissant que la force brutale des baïonettes: c’est l’idée dont les temps est venu et l’heure est sonnée”.
Por cierto que esa archiconocida y muy socorrida frase se atribuye siempre, erróneamente, y en diversas formas, a Victor Hugo. Ayer fue el líder de Ciudadanos quien cometió este clásico error de citación. Lo hizo para concluir en forma más o menos emotiva uno de sus primeros meetings electorales. Con la falsaria referencia a Hugo, echó una albarda más a la de haber recomendado hace unos días una obra de Kant, reconociendo sin embargo no haber leído nada del sesudo prusiano. ¡Ay de mí! Puede que no haya nada más poderoso que una idea cuyo tiempo ha llegado. Pero está claro que no hay nada más peligroso que un político con un libro de citas a mano.