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El Quijote es un libro del que se habla mucho, pero que se lee muy poco. Voy a darte una prueba, querido lector. Dime por favor cómo es, físicamente Sancho Panza. Seguro que no necesitas pensar demasiado: Sancho es, obviamente, rechoncho, bajito, paticorto, contrasta su vil figura de escudero con la estilizada silueta de Don Quijote. ¿Verdad que sí? Pues, francamente, no se de dónde te has sacado esa idea. Desde luego, no del libro de Cervantes. En ningún lugar de El Quijote se dice que Sancho responda a ese estereotipo universal que se ha creado sobre su villana estampa. Muy al contrario, en el libro, el narrador nos indica que Sancho tiene, ciertamente, barriga grande, talle corto (es decir, más piernas que cuerpo), y las zancas largas. Más aún, en esas mismas líneas se nos dice que Sancho tenía dos sobrenombres. Uno de ellos era “Panza». Pero el otro era “Zancas”. Podríamos llamar al escudero inmortal Sancho Zancas en la misma medida que Sancho Panza.
Por lo tanto, habremos de visualizar a Sancho como un tipo barrigón, pero no menos larguirucho y piernilargo. Y si no me crees, te invito a leer el capítulo IX de la Primera Parte de El Quijote. Harás además muy bien. Porque leer, de verdad, el Quijote, y releerlo a menudo, no solo es un maravilloso placer para el espíritu sino sobre todo una enseñanza impagable sobre la profunda insignificancia del hombre y sus ridículas ansias y vanidades, y también sobre los muy cómicos absurdos de la forma en que los humanos organizamos la vida y sus afanes, tan llena de estereotipos y lugares comunes como, ciertamente, esta idea de un Sancho Zancas bajito y piernicorto.

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