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Tiene gracia que la saga de Star Wars, que teóricamente nos debería llevar a un mundo avanzadísimo, tenga como argumento central el muy viejo cuento edípico. La verdad es que Star Wars es, en última instancia, una simple historia de trágicas relaciones entre un hijo abandonado y un tiránico y castrador padre (no me digas, querido y avispado lector, que esas espadas de luz y esos miembros amputados no te hacen pensar en Sófocles y en Freud…).
Da mucho que pensar que la interminable narración cinematográfica de Lucas gire, casi al pie de la letra, en torno al antiquísimo modelo del hijo de Layo y Yocasta. Va a resultar que los creadores de ficción pueden imaginar toda clase de futuristas universos de fantasía, pero, a la hora de hacer girar la historia en torno a un argumento central, se ven forzados a recurrir al tema de siempre. ¿No será porque las obsesiones y tormentos interiores del ser humano no cambian mucho a lo largo de los siglos?
Existe otra película más que, con apariencia de relato épico en torno a una gran aventura empresarial y tecnológica, se centra, en buena parte, en el simple drama de un hombre que abandona sus deberes como padre. Y que en este caso lo hace, quizá, sin saberlo, porque él mismo también fue abandonado por su progenitor. Me estoy refiriendo por supuesto al film “Steve Jobs”, de Danny Boyle, en el que, al parecer, sale a la luz la tormentosa relación (o ausencia de ella) entre el creador de Apple y su hija.
Hablo sobre esto con Marta y me dice que le parece extraño que un gran hombre como Steve Jobs incumpliese de un modo tan flagrante sus deberes paternos, tolerando, por ejemplo, que su hija fuese mantenida con fondos sociales mientras sus acciones le hacían uno de los hombres más ricos del planeta.
En realidad, el caso de Jobs y su hija no es en absoluto excepcional. La Historia está llena de personajes “grandes” por sus realizaciones en el mundo, pero muy “pequeños” por la mezquindad y miserias de sus vidas familiares.
Podemos pensar en Rousseau, por ejemplo, autor de bellísimas piezas de literatura sobre los deberes paternos y fundador de la pedagogía moderna, pese a lo cual no tuvo empacho en abandonar sin pudor a sus cinco hijos en el hospicio. O en Chaplin, el inolvidable buen padre del film “el Vagabundo” que admitió detestar a los niños y una de cuyas hijas recuerda que el tiempo máximo que le dedicó su progenitor a lo largo de su vida fueron…17 minutos. Sabemos también que Einstein se desentendió de su primera hija, que desapareció en la nada, y desatendió por completo a sus dos hijos varones. Es un caso no muy diferente al de Galileo y sus hijos e hijas ilegítimos habidos con Marina Gamba. O el de Tolstoi, que jamás se preocupó lo más mínimo por el hijo habido de su relación con una de las esclavas de Yasnaya Poliana…
Es llamativo que tantos gigantes del pensamiento o de la creación artística se hayan comportado, en su vida íntima como mezquinos enanos. ¿Cuál puede ser la razón? A lo peor es que uno puede cambiar el mundo o ser un buen padre, pero no resulta posible hacer ambas cosas simultáneamente.
La película de Danny Boyle en torno a Jobs será otra ocasión para reflexionar sobre este dilema. Y yo creo que será una reflexión saludable. Es bueno que aprendamos a valorar (o a cuestionar) al ser humano en su integridad, y no solo por sus virtudes más conspicuas. Desmitificar un tanto a los «grandes» hombres mediante la observación de sus miserias íntimas es higiénico. Y, sobre todo, es algo que puede además ayudarnos a entender que muchos hombres aparentemente insignificantes, son o pueden ser, en la epopeya de la vida cotidiana y familiar, verdaderos colosos. Pequeños hombres, grandes padres…

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