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Se han asentado en el léxico mediático las palabras “zasca” y “trolear”, nacidas de la calle misma, en los últimos tiempos.
Tiene lógica. ¿Acaso no están siendo un gran zaska al sistema los últimos resultados electorales? La lástima es que quizá solo haya sido eso.
Y también podríamos pensar que trol es término que refleja bien la forma en que han interferido algunos nuevos agentes políticos en un modelo de plácida alternancia que se creía afianzado por los siglos de los siglos. Esto es lo que nos lleva directamente a la etimología de “troll”, esos personajes deformes, traviesos y ladronzuelos de la mitología nórdica cuya denominación parece que guarda relación con el sueco “trolla”, que significa “seducir”, “encantar a incautos”…Muy apropiado.
Así que, estoy de acuerdo, vivimos en medio de zascas y de troles. Debería nombrarse a estas palabras como palabras del año, en el ámbito nacional.
Lo que no se es cual será la palabra del año a escala internacional. Pero yo creo que no tendremos más remedio que reconocer que, más que una palabra, nos encontramos una expresión del año, que sería, querámoslo no, la que mas se teme escuchar en Occidente durante estos procelosos años de pánico frente al terror islámico. Es la frase que los musulmanes llaman el “takbir”, es decir, el grito desafiante de “¡Allahu akbar!” que ha acompañado a los atentados islamistas del 2015.
Allahu akbar” se traduce normalmente como “Alá es grande”. Pero es una traducción muy inexacta. Para empezar, no es correcto que en la traducción se diga “Alá”. En árabe, “Alá” significa simplemente “Dios” o, si se prefiere, “el Dios”. No hay ninguna razón válida para traducirlo de otra manera. Porque además, usar «Alá» en lugar de «Dios» no es inocente. De algún modo establece una distancia con los musulmanes que no sería tan grande si la traducción fuese simplemente la correcta, es decir, “Dios”. O “el Dios”. Traduciendo en el takbir Alá por Dios, estamos, mediante el lenguaje, insinuando que no puede haber ningún Dios aparte del nuestro, lo cual tiene mucha miga porque de carambola reafirma el significado profundo del propio takbir. La tendencia occidental a evitar traducir Alá por Dios, es simétrica, por ejemplo, a la prohibición por el gobierno confesional (islámico) de Malasia de que los cristianos usen la palabra Alá como traducción en malayo de «Dios» (la CNN emitió en 2009 un reportaje mostrando como se secuestraron 20.000 Biblias por parte de las autoridades, debido a que en ellas se utilizaba la palabra «Alá» para referirse al dios de los cristianos, haciendo caso omiso al hecho de que en idioma malayo no hay más alternativa para referirse a Dios que el préstamo árabe «Alá»…)
También es incorrecto traducir “akbar” como “es grande”. No es exacto. La traducción correcta debería ser “más grande” o “el más grande”. Cambia mucho. El matiz es importantísimo, porque con el comparativo/superlativo “el más grande”, obtenemos la pista que nos lleva al sentido originario del Islam en cuanto religión alternativa (y fieramente competitiva) frente al judaismo y al cristianismo. Ese carácter alternativo (y competitivo) es parte del DNA del islamismo y explica en buena medida la Historia del Islam y su tormentosa relación con Occidente. Si el musulmán dice Dios es grande, está diciendo una banalidad. Pero si dice «el Dios es el más grande» o «Dios es (todavía) más grande«, está dando la pista de toda una historia de conflictos religiosos que han asolado el mundo desde hace muchos siglos.
En realidad, para ser sinceros, hay que aceptar que ese mismo carácter alternativo y competitivo del Islam también lo encontramos en el cristianismo y, no digamos, en el judaismo. Las tres religiones del Libro son, en este sentido, como tres gotas de agua. El sentido alternativo y competitivo es algo que se ha mantenido a lo largo de los siglos tal vez, precisamente, porque las tres son religiones “del Libro” y por haber contado con un corpus doctrinal escrito, relativamente rígido y permanente, vigilado por los guardianes de la ortodoxia. Un corpus que ha ido fortaleciendo, con el tiempo, y en cada uno de los tres casos, el sentido de religión única y dios verdadero y excluyente frente a todos los demás.
En el Nuevo Testamento encontramos declaraciones expresas sobre la unicidad del Dios Padre. Los primeros cristianos también tenían su «takbir» y no dudaban en proclamar a menudo la declaración de Marcos 12:29: “ὁ Κύριος ὁ Θεὸς ἡμῶν, Κύριος εἷς ἐστιν!”, esto es, “el Señor es nuestro Dios; solo hay un Señor!”. O bien usaban el mismo “slogan” de tradición hebraica que Pablo de Tarso transcribe en su carta a Timoteo: “Εἷς γὰρ θεός!”, ¡Uno es Dios!
Y en cuanto a los judíos, no hace falta decir mucho. La gran innovación del judaismo, su esencial mismidad, es haber sido capaz de definir una deidad propia, exclusiva de una raza, y sumamente competitiva con (frente a) todas las demás. Y, desde luego, quizá por todo ello, el dios judío es una deidad beligerante, un Yahweh Sebbaoth, un Dios de los Ejércitos único y exclusivo, que empuña las armas siempre que preciso fuere para proteger (o castigar) a su pueblo. En Deuteronomio ya se acuña en hebreo la misma expresión (casi literalmente) que utiliza San Pablo en Timoteo: “Yahweh elohenu Yahweh ehad”, es decir, “El Yahweh es nuestro señor, Yahweh es uno”. Es lo mismo que el citado «eis gar zeós«, el takbir paulino.
Sí. Es evidente que este sentido de unicidad/exclusividad/alternatividad se puede relacionar con la agitadísima historia de enfrentamientos y luchas de todo tipo entre las tres religiones del libro. Hay un potencial belicista larvado en lo profundo de esa concepción desafiante y excluyente de lo divino. De hecho, otra de las expresiones hebreas de la unicidad del Dios judío es “mi chamocha ba’elim yahweh!”, que, mira por donde es el acrónimo de maccabi. Con ese acrónimo se autodenominaron los hermanos hasmoneos que iniciaron, precisamente por negarse a adorar a otros dioses distintos al suyo, la revuelta macabea. Una revuelta sumamente sangrienta, contra los soberanos griegos de Judea, que por su violencia y por sus características, constituye el antecedente de toda ulterior acción subversiva y, me atrevería a decir, terrorista. Los macabeos se inmolaron contra el rey Antíoco, según se describe en el homónimo rollo bíblico (un rollo en sentido estricto, es decir, lo que en hebreo se denomina un sefer, como el que sostiene el sacerdote en la ilustración y en el que se describen las interminables maniobras militares de estos hermanos y sus secuaces, con una minuciosidad tan aburrida que ha dado origen a nuestra expresión castellana “rollo macabeo”). Los macabeos, verdaderos mártires religiosos caídos en guerra santa, fueron incluso elevados a los altares por la Iglesia católica, que los incluyó durante muchos siglos en el santoral cristiano, pese a haber nacido y vivido mucho antes que Jesucristo (!). Más aún, la celebración cristiana de la Navidad tiene muchos elementos de una tradición nacida en el contexto de aquella revuelta “macabea”. Me refiero, claro está, a la fiesta invernal judía de las candelas o Hanuka, con esos candelabros cuyos brazos se van encendiendo uno por uno según pasan los días (justo como los calendarios de adviento), las cenas familiares con gran despliegue alimenticio y los regalos sorpresa a los niños, que son elementos que, debidamente adaptados y procesados, han pasado a formar parte de nuestra forma cristiana de celebrar la Navidad.
¿Significa esto último que la Navidad es un rollo macabeo? En cierto sentido, sí. Pero lo que es un rollo macabeo, sin la menor duda, es este pestiño de post navideño que ya está siendo insufriblemente largo, y que solo pretendía plantear un gran zaska en toda la boca a todos lo que han hecho, también en el 2015, de la religión una simple cobertura para el dominio violento de los demás. Y otro zasca a los que convierten sus creencias personales, en el dichoso trol que interfiere en la vida y la felicidad de los humanos.
Pensándolo bien, el verdadero rollo macabeo, el verdadero trol de la Historia acaso es la religión. Al menos cuando se instrumenta, se radicaliza y se quiere ver a sí misma como hegemónica, intolerante y excluyente. ¡zaska para esa forma de entender la fe en lo trascendente!

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