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En “Racine et Shakespeare”, Stendhal nos cuenta que en 1822, en un teatro de Baltimore en el que se estaba representando Otelo, cuando tiene lugar el quinto acto de la tragedia y el personaje celoso que da nombre a la tragedia se lanza sobre Desdémona para acabar con su vida, ocurre algo inesperado. Resulta que el soldado que estaba realizando labores de vigilancia en el interior de la sala se moviliza, carga su fusil y grita “nunca se dirá que en mi presencia un maldito negro ha matado a una mujer blanca”. Seguidamente dispara y hiere, en un brazo, al pobre actor que representaba al celoso negro imaginado por Shakespeare.
Hay algo de este mismo absurdo sangriento en la tragedia de Ba Ta Clan, aunque su escala e implicaciones sean infinitamente mayores. Los fundamentalistas islámicos sostienen que en ese teatro se estaba invocando al diablo. Es cierto que los extravagantes músicos del Eagles of Death Angel entonaban en Ba Ta Clan canciones de inequívoco contenido satánico (“I will love the devil, I will sing his song, I will kiss his tongue…” y bobaditas similares). Pero, no. Allí no estaba el diablo. Solo sonaba una tonta canción que jugaba a invocarlo.
El fundamentalismo religioso, en cualquiera de sus variedades, tiende siempre a la hipóstasis, es decir, a dar naturaleza de realidad a los puros entes de razón, y a confundir las palabras que hablan de las cosas, con las cosas mismas.
Dispara el fundamentalista sin dudarlo a Otelo, porque piensa que el actor va a asesinar realmente a Desdémona. El muy imbécil.

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