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Hace algunas semanas me atreví a transcribir un espléndido texto de Felix de Azúa en el que éste afirmaba que el caos y la ignominia política en la que vivimos es un subproducto de la Logse y sus deficiencias. Y que incluso fenómenos sociopolíticos como el de Podemos podrían reconducirse en última instancia a ese desastre que se origina en el tardofranquismo y que se se prolonga hasta nuestros días. Alguien me contestó diciendo que la tesis de Azúa era una exageración si no una boutade. Sin embargo, ayer, cuando todos pudimos comprobar que el lider de Podemos, con un doctorado de ciencias políticas en su curriculum, recomienda, para regocijo general, como libro de filosofía el inexistente “Etica de la Razón Pura” (sic), cobran cierta vigencia las palabras del autor de “Historia de un idiota contada por él mismo”.
Es verdad que confundir “crítica” con “ética” puede ser hasta cierto punto admisible y acaso se deba a un mero lapsus, derivado por la obsesión del líder emergente por «venderse» como modelo ético y como modelo crítico a la vez. Pero lo que a mí me parece indiscutible es que querer recomendar al vuelo a un joven asistente a un debate político, como libro de filosofía, una obra de Kant, si acaso no revela poca cintura intelectual, es índice de una cierta pedantería. Puedo estar equivocado, pero pienso que cuando alguien cita a Kant fuera de los ámbitos especializados, lo está haciendo por puro snobismo intelectual y sin verdadero conocimiento de causa.
Quizá también revela que este no tan joven líder, con tanto futuro a sus espaldas, tiene muy pocos conocimientos directos de filosofía o tal vez no los tiene mentalmente muy a mano. Porque en lugar de recomendar a Kant, a quien muy poca gente ha leído en sus textos originales, yo creo que si tuviese esos conocimientos, podía haber elegido muchísimas opciones más apropiadas (dada la tipología de la audiencia) que el pensador de Koenigsberg.
Yo en su situación, pongo por caso, hubiera considerado a Platón, para empezar (tal vez El Banquete o La República), por ser Platón el primer gran filósofo que “piensa” el problema de la organización social del hombre y porque como alguien muy bien indicó, casi toda la cultura occidental de la que estamos orgullosos no es sino un conjunto de anotaciones al pie de los Diálogos.
Desde Platón podría haber pasado yo, en su lugar, a considerar como opción óptima a Locke por ser ese el primero de los filósofos modernos que aborda la idea de contrato social y anticipa la noción de soberanía popular, Estado de derecho y separación de poderes. La propuesta más obvia sería el Tratado sobre el gobierno civil.
De no haber optado por Locke, podría haber recurrido a Voltaire, tan de actualidad en estos tiempos por su posición respecto a la tolerancia y la laicidad (quizá no es casualidad que Ba Ta Clan estuviese en la misma Rue Voltaire por la que discurrieron los manifestantes del crimen de Charlie Hebdo, si no recuerdo mal). Y si Voltaire o Rousseau no me pareciesen idóneos, pasaría por alto a Kant, por lo difícil de su asimilación directa y llegaría directamente hasta alguna obra de Schopenhauer (“El arte de ser feliz” tal vez) o de Nietzsche (“Humano, demasiado humano” por ejemplo) que son muchísimo más digeribles que nada escrito por Kant y mucho más inspiradores y motivadores para una mente joven interesada por los problemas reales de la existencia. Tanto Nietzsche como Schopenhauer son populares entre muchos jóvenes e incluso adolescentes, creo.
Pero, francamente, de no optar por algún clásico como los que acabo de mencionar, creo que todo un doctor en ciencias políticas, debería haber recomendado algún autor del siglo XX, porque ese es ya un tiempo en el que el pensar filosófico difícilmente puede separarse del pensar político. Hay entonces mucho donde elegir, quedando de maravilla: Weber (que fue el primero en hablar del carisma de los políticos), Croce, Gramsci (al que tanto gusta de citar en sus sesudos artículos y con el que siempre se queda muy bien), Sartre (por su capacidad de vincular filosofía y compromiso político), Laing (por su talento al subvertir la relación entre razón y locura), Foucault (por ser capaz de darle la vuelta mental a todas las cosas), Derrida (por la voluntad de implacable deconstrucción), Arendt (por la profundidad de su reflexión sobre el hecho moral), Habermas (por su idea de la democracia como debate permanente), Rawls (por ser el gran gurú del curriculum de Políticas)…Qué se yo…
Pero, francamente, ante la tesitura de recomendar un buen libro de filosofía, lo que yo hubiese sugerido, de estar yo en el lugar de ese líder que ha ganado imagen y segundos televisivos fustigando sin piedad a una casta a la que no parece que duda en unirse ahora, y que hoy va de metedura de pata en metedura de pata, habría sido, qué duda cabe, el En Torno al Casticismo de Unamuno.
En Torno al Casticismo, es el conjunto de excelentes ensayos de primera hora, en el que Don Miguel dice cosas tan sabias y tan de actualidad como aquello de que «se podrá decir que hay verdadera patria española cuando sea libertad en nosotros la necesidad de ser españoles, cuando todos lo seamos por querer serlo…»

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