Bergson en la radio (y Saint Exupery)

Unknown

Mañana otoñal de domingo. Salgo un momento en el coche para comprar un poco de jerez y algo de parmesano para compartir con unos amigos que están por venir a casa. Mientras conduzco, escucho una entrevista radiofónica a una mujer ciega de 40 años que ha conseguido empezar a ver gracias a una innovación médica; en el hospital de la Arruzafa, Córdoba.
La periodista, como es lógico, pregunta una y otra vez lo mismo “¿qué vio usted, qué vio cuando sus ojos empezaron a ver?” “¿qué es lo que vió?”
Pero la mujer no es capaz de responder. Balbucea. Se va por los cerros de Úbeda. La periodista insiste: “¿qué cosas vió?, ¿tal vez el jardín? ¿la fuente?”
Finalmente la mujer se resigna. Viene a responder diciendo que realmente no vio cosas. Acaso no vio nada. Solo comenzó a ver, nos dice, cuando comenzó a interpretar las cosas. Cuando las interpretó en función de su experiencia auditiva previa. Supo o creyó ver una fuente solo cuando asoció a ciertas formas y colores a los sonidos que ella sabia producidos por el agua.
Fabuloso. Es la mejor lección de filosofía que he escuchado en los últimos años. Puro Bergson. Los contornos netos que atribuimos a las cosas solo son el boceto de la influencia que nos proponemos ejercer sobre ellas. Los cuerpos brutos de las cosas los recorta de la tela de la naturaleza nuestra percepción, siguiendo el trazado de las líneas que ha dibujado nuestro plan de acción posible sobre ellas.
No vemos cosas. Interpretamos percepciones. Quien recupera la vista no ve nada por el momento. Se ve con el cerebro. Y las cosas importantes, ya sabemos, con el corazón, como decía Saint Exupery.

Yodh heh.

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Anoche cambié mis planes de ir al teatro, y decidí asistir al concierto del grupo de Ara Malikian en Leganés, pues contaba con un par de entradas que amablemente me obsequió una de las extraordinarias intérpretes del conjunto. Hice muy bien. ¡Ah, cómo disfruté viendo el show creado por este talentoso violinista, de aires tan estrafalarios y tan inequívocamente “diabólicos”, que ha construido su imagen y su enorme atractivo para el público masivo combinando el virtuosismo del violín con un sentido del show y del humor propio de un avezado monologuista del Club de la Comedia! ¡Cómo me emocioné con la música de esos intérpretes excepcionales y cómo me reí a mandíbula batiente con las historias que este libanés enamorado apasionadamente del jamón ibérico, según su propia hilarante confesión, iba contando entre pieza y pieza!
Pero lo que más me sorprendió fue precisamente la vis cómica de Malikian, que fue un descubrimiento para mí. Una vis cómica que encaja perfectamente con esa imagen que él, o sus asesores de márketing, han construido y cultivado. Me refiero a esa imagen «amablemente» diabólica. Porque el violín y la risa, sí, van de la mano en la simbología de lo demoníaco.
El violín, como tengo dicho, es sin duda, en la literatura, el instrumento favorito del Enemigo. Satán aparece como violinista en el poema de Gengenbach, Der Teufel Mit der Geige. También en alguna versión del Fausto, como la de Leanu, donde el diablo arrebata el violín a un músico de una boda y comienza a interpretar czardas, con diabólico paroxismo que se contagia a los festejantes. Existe una opera titulada “El Violín del Diablo”, que se estrenó en París allá por mediados del XIX. En “Las Tentaciones de Eros, Plutón y la Gloria”, nos presenta Baudelaire a un “Demonio del Amor” que sujeta en su brazo un violín. Es el instrumento que servirá, nos dice Baudelaire, para “cantar sin duda los placeres y las penas” (del amor). En Der Thor un der Tod, la pieza teatral del Hofmannsthal, Claudio, el héroe, intuye la llegada de la Muerte (ese primo carnal o alter ego de El Que Divide) solo cuando ve cómo se acerca un extraño personaje, con el violín sujeto en la cintura y el arco en la mano.
Por otro lado, el humor es también inequívoco atributo diabólico, al menos en esa tradición que, de forma muy imprecisa, podríamos llamar judeo-cristiana. Recordemos que Umberto Eco escribió su mejor novela en torno a este recelo religioso de la risa que se remonta al mismísimo Eclesiastés, donde se dice abiertamente que “la pena es mejor que la risa” (7:3). Esta idea-fuerza tiene un desarrollo extraordinario en el pensamiento cristiano. San Basilio de Cesaréa, el verdadero inventor del modelo de vida monacal, prohibía de modo terminante la carcajada. La risa, para él, no entraba en el plan de la redención cristiana. San Ambrosio estaba convencido de que la risa siempre conduciría al llanto. San Juan Crisóstomo justificaba doctrinalmente esta aversión a la risa señalando que Cristo nunca había reído, pudiendo haberlo hecho, y atacaba a los arrianos por haber introducido en la liturgia el canto, la gesticulación e incluso la risa. Mas tarde, en la Regla Benedictina, encontramos un veto explícito a la risa; en mi edición en catalán del texto de San Benito que aún hoy en día obedecen los monjes de Montserrat, puedo leer, mientras escribo esto, palabras que no dejan lugar a dudas (capítol VI): …”Les grolleries y les paraules ocioses i que fan riure, les condemnem en tot lloc a una eterna reclusió…”. Y más adelante, en el capítulo VIII, la Regla deja claro que la risa es atributo del necio (“el neci quan riu, aixeca la veu”). Petrus Cantor argumentaba el sentido de esta prohibición diciendo que si Cristo, que nació humano y que por ello era capaz de reir, no se mostró risueño en ningún pasaje del Nuevo Testamento, eso sin duda probaba que la negativa a reir debía ser una gran virtud para el cristiano…
La risa es perversa para el cristianismo alto-medieval porque quien ríe muestra no tener miedo (al menos no lo tiene mientras ríe). Y sin miedo, sin temor de Dios, no puede haber sentimiento religioso. Hay que esperar a San Francisco para que la risa y el cristianismo se reconcilien plenamente. El santo de Asís pide a sus seguidores que en toda situación mantengan el rostro sonriente (hilaris vultu). Y a él mismo, los biógrafos lo representan siempre de ese modo: “facie hilaris, vultu benignus, inmunis ignaviae, insolentia expers” (“rostro alegre, aspecto bondadoso, lleno de buen ánimo, incapaz de ser arrogante”).
Así que anoche, en un enorme auditorio repleto de más de mil personas de todas las edades, incluidos muchos niños, se produjo una mágica convergencia de dos vectores de lo demoníaco: la música del violín y el humor. Pero era en todo caso la forma más benévola e inocua de lo demoníaco. La gente fue condenadamente feliz durante más de dos horas, y creo que todos salimos del concierto mucho mejor de como habíamos entrado, a juzgar por los rostros de satisfacción, hilaris vultu, y por la multitud que esperó a los músicos a la salida para la ritual firma de autógrafos.
Por si a algún lector le interesa, indico que prosigue ahora el periplo de Malikian y su maravilloso grupo por España. La gira se llama “15” y próximamente llegará a Valencia y Cuenca.
Por cierto que, durante un buen rato, mientras esperaba en la butaca el comienzo del show, estuve preguntándome el por qué de ese extraño nombre de la gira, 15. ¿Habría alguna razón esotérica para haber elegido un guarismo como denominación? Pudiera ser, tratándose de Malikian.
Así que se me ocurrió que acaso la razón sería el hecho de que el número 15 es el número que para los judíos esta prohibido pronunciar, pues hacerlo sería mencionar uno de los nombres de Dios: yodh (1) y heh (5), lo que les obliga a usar el subterfugio de referirse al quince diciendo teth (9) vav (6).
Seguidamente exploré por el lado opuesto, y pensé que la razón podría ser el hecho de que el número atomíco del fósforo es 15. Notemos que decir fósforo (el que lleva la luz, en griego) es lo mismo que decir Lucifer (el que lleva la luz, en latín). También deseché muy pronto esta teoría, que me parecía demasiado alambicada, aunque ciertamente coherente con la marketiniana imagen de Malikian.
Entonces leí en algún sitio la razón del 15 era simplemente que el violinista quería celebrar así sus 15 años de presencia en España.
Fue entonces cuando me di cuenta de que debía haber otra razón oculta. La verdadera.
El genocidio armenio que causó más de un millón de víctimas, tuvo lugar en el año 15 del siglo pasado precisamente. Y Malikian, aunque nacido en Líbano de padres exiliados, es armenio. Así que me dio la impresión de que esa era la verdadera justificación del nombre de la gira.
Me convencí de ello cuando el grupo interpretó un fascinante tema en homenaje a aquella inmensa tragedia, de la que se habla mucho menos de lo que se debería.
Fue el único momento del concierto en el que la tristeza lleno nuestros corazones.
Pero esa melancolía estaba, al menos durante la interpretación, redimida por la belleza de lo que escuchábamos. Y esa es la grandeza, la diabólica, grandeza del verdadero arte.
O más bien divina grandeza. Yodh heh.

Metáforas y Parábolas.

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Un cardenal español afirma, ante los medios, y con los micrófonos abiertos, que los migrantes que están huyendo de Siria no son, en su totalidad, “trigo limpio”. Oyendo esto lo primero que se me ocurre es recordar las palabras del Duque de Morny, para quien el verdadero crimen no era la inmoralidad, sino la estupidez. Parece indiscutible que esas palabras sobre el trigo y los migrantes son todo menos oportunas. Y la inoportunidad es la forma más genuina de la estupidez. En esencia, un tonto es alguien que hace o dice cosas que no proceden, que no son oportunas.
Pero lo segundo que se me ocurre es hacer una breve meditación sobre la metáfora que ha elegido el purpurado para expresar su convicción respecto al peligro que representa la llegada de todos esos hombres, mujeres y niños.
El que el purpurado haya usado la gramínea como metáfora (metaphora, transporte, sustitución de una cosa por otra), es algo particularmente chocante en una persona a la que debemos suponer gran cultura teológica. Porque dicha metáfora del trigo limpio nos reenvía, claro está, a la evangélica parábola (parabolé, poner una cosa al lado de otra, comparar) del trigo y la cizaña. Y ocurre que el significado de esa parábola (remito al lector a San Mateo 13, 37-43) parece ser indicar que no debemos los hombres ser los que nos atrevamos a separar las malas “espigas morales”, ya que, en nuestra ignorancia, correríamos el riesgo de dañar también las buenas. Esa es tarea que debemos dejar…a los ángeles. Es “angels ministry”, ministerio angelical, separar el trigo de la cizaña, según nos dice Milton en Aeropagita, evocando las célebres palabras de San Agustín en el Sermón 23: “…los ángeles vendrán y harán la separación, y ellos no podrán cometer errores….en verdad os digo, queridos, que en las altas instancias hay tanto trigo como cizaña, y que entre los seglares también hay cizaña y trigo. Que los buenos toleren a los malos; que los malos se transformen a sí mismos e imiten a los buenos…
En otras palabras, la parábola del trigo y la cizaña debe interpretarse como una apología de la tolerancia. Y por las mismas, usar la expresión “trigo limpio” para levantar una intolerante sospecha general sobre los migrantes, no resulta acertado, y mucho menos si lo hace un príncipe de la Iglesia.
Pero acaso el prelado ha usado la referencia a la cizaña de forma inconsciente, haciendo sin querer un guiño cultural para entendidos. Quizá tiene este cura conocimiento de que la cizaña viene también de Siria, pues la palabra se deriva precisamente de un vocablo siríaco: ziuano. Tal vez también sabe este hombre que durante siglos, los pobres de Europa, tan pobres como los que cruzan ahora desde Halicárnaso a Lesbos, se embriagaban conscientemente con el hongo alucinógeno que a menudo crece en esta gramínea tan similar al trigo (el neotyphodium), lo que explica que los franceses llamen ivraie (como ebriedad) a la cizaña y los latinos la denominasen temulentum, es decir, lo que aliena, lo que enajena como el vino puro y sagrado de los romanos, el temetum. Sin duda se cultivaba a escondidas cizaña para escapar del peso de la miseria, si acaso unas horas y aún a riesgo de la vida.
Creo haberme referido ya en algún lugar de este blog a las palabras de Cordelia en el Rey Lear, cuando imagina a su padre completamente trastornado, vagando por los campos tocado no con una corona de oro y diamantes, sino de cizaña y otras malas hierbas “que crecen en nuestros campos de pan” (…”darnel and all the idle weeds that grow in our sustaining corn”).
Yo también prefiero imaginar así, un tanto enloquecido y víctima del senil desvarío, a este príncipe de la Iglesia que un mal día se hizo famoso cuando decidió lucir larguísimo manto rojo en no se qué acto litúrgico y otro mal día se atrevió a encizañar a su grey, promoviendo en ella el recelo, cuando no el odio, respecto a aquellos a quien la Iglesia, con más razón que ninguna otra institución, se supone que debería abrir generosamente los brazos, dejando si acaso a los ángeles la tarea de expurgar la mala hierba de la buena…

El alimento de la locura.

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Este sábado, espero poder ir al Valle Inclán a ver “Reikiavik”. Es la obra de teatro hace poco estrenada que trata de aquel enfrentamiento homérico sobre el tablero que convirtió a Fischer en campeón del mundo de ajedrez, al tiempo que lo situaba en el camino inexorable hacia la soledad y la locura.
Porque la soledad y la locura suelen ser el final de la partida vital para los genios del ajedrez. Y el paradigma es el mayor de todos esos genios, que fue sin duda Bobby Fischer. Pierden los grandes ajedrecistas a menudo por completo la razón, como Morphy o Steinitz. Se salvan del desvarío, a veces, con una muerte temprana, en los 40 o poco más, como Tal o como Reti. Se debaten casi siempre en ciclos interminables de depresión y paranoia, como Nimzowitsch; o se emborrachan en solitario en las habitaciones de cualquier hotel perdido por el mundo, como Alekhine…
¿Y esto por qué? Yo no lo se. Pero tal vez Chesterton lo entendió cuando dijo que la imaginación no alimenta la locura y que lo que alimenta propiamente la demencia es la razón.
“Poets do not go mad;”, decía el creador del Padre Brown, “chess players do.”

Quevedo.

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En relación con mi último post, sobre el Rastro de Madrid, un amigo lector me pregunta por el significado de unos versos de Quevedo, que en dicho post he citado, y que le parecen, con razón, un tanto ininteligibles. Trataré de explicarlos y me disculpo por no haberlo hecho dentro del mismo post, pues no conozco esnobismo más vulgar que el de escribir cosas a sabiendas de que no las entenderá bien quien presumiblemente las lea.
Las palabras de Quevedo, cuando se refiere al rastro o matadero diciendo que allí “la carne se haze bailando rajas”, se podrían entender si tenemos en cuenta un tercer significado de la palabra “rastro”, que es el de baile popular y lascivo, propio de gentes de mal vivir, una especie de tango avant la lettre, muy propio de los bajos fondos de la época y también conocido como “rastreado”. El matadero sería entonces un lugar donde se hace carne, pero también donde se baila. Otra clave es comprender que la expresión “bailar rajas”, viene a significar bailar hasta que se rompe el tablado, bailar hasta la extenuación. El disparatado romance en el que se encuentran estas bromitas quevedescas sobre el rastro y el rastreado, menciona precisamente de otros numerosos bailes y danzas, como la mogiganga, las castañetas, las zangamangas, la pavana, la danza del peso, las chaconas, el escarramán o las seguidillas.
En cuanto a lo de llamar a Góngora “canónigo del Rastro por lo sucio y por las colas”, se entiende mejor si tenemos en cuenta que hay pocas cosas más sucias que un matadero y que, además, Góngora es notoriamente proclive a la temática escatológica en algunos de sus poemas satíricos. En cuanto a “las colas”, también tiene esta referencia un doble o incluso triple sentido. En primer lugar cola es sinónimo de culo. En segundo lugar, Góngora era racionero de la catedral de Córdoba, como su tío. Y los racioneros solían llevar una especie de hábito con cola. Por último, Quevedo acusa a Gongora de judío o judaizante, y existía en aquella época la idea de que los judíos tenían cola o rabo.
En fin, es obvio que Quevedo se lo pasaba bomba con estos más bien banales virtuosismos lingüísticos. Pero a mí me inquieta pensar que si acaso estos rompecabezas verbales eran entendidos por el lector medio de la época, es evidente que habremos retrocedido un tanto, desde el Siglo de Oro, en cuanto a habilidades lingüísticas…Vamos, me parece a mí.

Metonimia.

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Nos invitan a cenar, en una elegante tasca del barrio de las Letras, mis amigos Rosa y Antonio, que han venido desde San Feliú para pasar unos días en Madrid. El domingo temprano, me dicen, van a bajar al Rastro (al Rastro no se va nunca, sino que se baja siempre, y con eso está dicho todo). Se unirán pues a esa horda que va en pos de la ganga y la chiripa, y seguirán con ello a pies juntillas el excéntrico consejo ramoniano, según el cual algunos rincones de ese emporio del baratillo (a las Américas, concretamente se refería Gómez de la Serna) merecían más la visita del turista que el mismísimo monasterio de El Escorial.
Me parece muy bien que se visite el Rastro al llegar a Madrid. Porque este mercado démi oriental, por utilizar el adjetivo que Simone de Beauvoir usaba para referirse a España, y en el que Hans Magnus Enzensberger veía la genuina frontera de Occidente, viene a ser la quintaesencia y el alcaloide del drama íntimo de Madrid, por ser el lugar en el que uno encuentra absolutamente de todo excepto aquello que uno va buscando .
Es el Rastro el mercado callejero más importante y antiguo del mundo, pues se conservan documentos de su atribulada existencia dominical desde mediados del XVIII (si bien hubo allí venta callejera perseguida desde mucho antes). No es posible compararlo ni con Watertlooplein, ni con Portobello, ni con Porta Portense, ni con la Feira de Ladra ni con el Marché aux Puces (aunque ciertamente tengo la idea de que este último mercadillo parisino era hasta hace poco algo incluso algo más grande que El Rastro).
Me dice Rosa que le ha hecho gracia saber el origen de la palabra Rastro. Ha leído que se deriva del rastro de sangre que dejaban los animales que volvían del matadero. Pero en realidad, le aclaro no es exactamente así (y desde luego, los cuerpos de los pobres animales nunca salen con sangre chorreando de los mataderos, por supuesto). Pero algo de cierto hay en esta etimología popular que debemos a Covarrubias. El Rastro es el Rastro porque se asienta en los aledaños de los lugares donde siempre estuvieron los mataderos de Madrid y los negocios anexos de curtidores. Y ocurre que a los mataderos se les llamó siempre, en buen castellano “rastros”.
Rastro llama Cervantes al matadero, en el capítulo XX de la segunda parte del Quijote, el de las Bodas de Camacho. Y en la plaza del Rastro Viejo, “donde la carne se haze bailando rajas”, es dónde, nos dice Quevedo que “todo se halla”, lugar de «pícaros! y “gente ayrada”…Góngora es, nos sigue diciendo Quevedo, canónigo, sí, pero canónigo del Rastro, es decir, del matadero de Madrid, por lo sucio y por las colas…
Ahora bien, esta etimología de rastro, que es la correcta, suscita una nueva e interesante cuestión. ¿Por qué en castellano se llama así a los mataderos?
La respuesta es que en los mataderos, se desollaban a los animales con herramientas que parecían rastrillos. Preparar las carnes y las pieles exigía primeramente una laboriosa tarea de desuello o raspado que los antiguos romanos llamaban “radere” y en italiano moderno “rasatura”, todas ellas palabras emparentadas con rastro.
Entonces, llamar rastro al matadero es una curiosa metonimia eufemística. Mejor llamar rastro al matadero, tomando la parte por el todo. Mejor referirse así a ese lugar terrible y maloliente, que usar la palabra apropiada y precisa, tan explícita y evocadora del crimen y la muerte. Es un comprensible eufemismo que también se da en el francés, que llama écorcherie al matadero (o abattoir, que no es menos eufemístico). En catalán llaman (o llamaban) escorxador al llog ahont s’escorxa, es decir, al lugar donde se desuella, al matadero.
Así que en una noche otoñal con amenaza de lluvia, hablando amigablemente, en el Barrio de las Letras, del madrileño Rastro, ese lugar de relativismo metafísico donde nada tiene precio fijo y todo tiene solo el valor que tú quieras darle, nos damos de bruces con ese fenómeno tan humano de no querer llamar nunca a ciertas cosas por su nombre. Con esa manía tan nuestra de pensar que cambiando de denominación a los entes, alcanzamos a cambiar los entes mismos.

La hierba y el escarabajo.

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Los escarabajos peloteros se llaman así porque crean pequeñas bolas con excrementos de herbívoros. Y entierran esas bolas para que les sirvan de almacén de nutrición, a ellos o a sus huevos. Por eso los antiguos egipicos pensaban que eran seres sobrenaturales, pues creían que representaban la vida naciendo de la muerte. Ahora me entero de que alguién ha encontrado la manera, no de elucubrar pensamientos metafísicos, como hacían los sacerdotes del faraón, sino de sacar provecho concreto de esta pauta de conducta de los escarabajos, en su propio beneficio. Se trata de una herbácea, la Ceratocaryium argenteum. Esta planta produce semillas redondas que son en todo similares a los excrementos de los antilopes. Hasta huelen igual. Gracias a ello, los escarabajos peloteros las buscan y las entierran, facilitando así su germinación. ¿No es fascinante que una hierba pueda tomarle el pelo a un insecto en el que los egipcios veían una encarnación de los dioses?

Radioactividad y humanidad.

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Resulta que la región de Chernóbil, abandonada por el hombre hace décadas, se está llenando ahora de animales que parecen vivir allí tan ricamente y que antaño apenas paraban por estas tierras: ciervos, alces, osos, lobos…¿Un ejemplo de que la vida se abre camino incluso entre la radiación? ¿O más bien que los efectos negativos de la radiación, sean estos cuales sean, son menos dañinos que la presencia humana?

Conducta Protocooperativa.

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Me gusta ver las retransmisiones de carreras ciclistas. Es simplemente hermoso contemplar las metamorfosis del pelotón que se agrupa y se estira una y otra vez para optimizar en cada momento el pedaleo a las condiciones aerodinámicas. Pero ahora tengo una razón más para apreciar este espectáculo. He sabido que esas transformaciones son un magnífico ejemplo de lo que los matemáticos llaman conducta protoperativa. Es decir, individuos que actúan cooperativamente sin saberlo. Interesante este asunto. Es bueno saber que los individuos también pueden ser socialmente constructivos sin ser conscientes de ello. Porque nos sobran pruebas de que suelen hacer exactamente lo contrario, o sea, ser socialmente destructivos, sin ser conscientes de ello.

Tarjeta Roja.

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Los medios de comunicación están llenos de noticias respecto a diferentes resultados estadísticos, aparentemente indiscutibles, de investigaciones sociológicas y de opinión. ¿Hasta que punto nos podemos fiar de esas estadísticas? Es una buena pregunta. Raphael Silberzahn y Eric Uhlman han tratado de responderla. Para ello, han planteado a 29 equipos de investigadores una sencilla cuestión de test: ¿qué futbolistas son penalizados con más tarjetas rojas en las ligas europeas, los de raza blanca o los de raza negra?.
Para hacer posible el estudio, Silberzhan y Ulhman han proporcionado a cada uno de los 29 equipos los mismos datos (los historiales de 2.000 jugadores de primera división de España, Inglaterra, Francia y Alemania).
Aparentemente, estamos ante un juego de niños. Con esos datos, el resultado debe ser claro, fiable y el mismo para cada equipo de investigadores. Pues resulta que no. 9 equipos concluyeron que no existe ninguna diferencia por raza entre la tasa de expulsiones. Pero otros 20 equipos creyeron demostrar que la diferencia sí existía. 2 de esos 20 grupos de investigadores reportaron que los jugadores de color fueron expulsados en menor proporción (concretamente un 83% respecto a los blancos). Sin embargo, los otros 18 grupos concluyeron lo contrario, a saber, que los jugadores de color recibían 3 veces más tarjetas rojas que los otros.
O sea que, ante una sencillísima pregunta “sociológica”, poniendo en manos de investigadores profesionales el conjunto de datos relevantes, concretos y completos, y sin que existan presiones de entorno o sesgos ideológicos (en principio), el resultado es absolutamente diverso en función de los diferentes equipos que realizan el estudio.
¿Qué ocurrirá entonces si las investigaciones que se realizan afectan a cuestiones complejas, con datos incompletos, con presiones y sesgos ideológicos significativos, y con la posibilidad de que quien encarga los estudios elija uno u otro resultado en función de sus intereses?
El trabajo de Silberzhan y Ulhman sobre las tarjetas rojas me parece fascinante. Y me da la impresión de que representa una tarjeta, al menos amarilla, para tantas investigaciones y resultados estadísticos que nos llegan cada día a través de los medios de comunicación.