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Uno de los personajes de Reikiavik, la obra de teatro de Juan Mayorga que se representa estos días en el Valle Inclán y a la que es muy aconsejable acudir, justifica que aquel match para el campeonato mundial de ajedrez de 1972 se celebrase en la fría capital islandesa. “Dias de veinticuatro horas en verano, noches de veinticuatro horas en invierno. Doscientas mil almas contando elfos y troles…allí todos juegan al ajedrez y se lo juegan todo al ajedrez: la mujer, los hijos…Tienen el cuerpo atrofiado de tanto jugar, solo son cabeza y mano…”
En realidad, hay fundamento en estas palabras. El ajedrez tiene profundas raíces en el mundo de los hombres del norte. Y quizá hay algo de justicia cósmica en el hecho de que el actual campeón del mundo sea precisamente un ciudadano del pequeño país del hielo.
Por extraño que pueda parecer, los antiguos vikingos, en sus viajes hacia el sur antes del año 1000, para llevar a cabo las temidas expediciones de saqueo en las costas europeas, jugaban al ajedrez en el barco. Se han encontrado tableros que indudablemente pertenecían a los marineros de aquellas expediciones. Son tableros con orificios en cada escaque, para encajar las piezas, de tal forma que no se desplazasen y cayesen con el ajetreo de la nave. Algunas de esas piezas que los arqueólogos han hallado, están bellamente talladas en oro, plata. Otras en madera. O en marfil de morsa, como el famoso Lewis Set, descubierto en las Hébridas, cuyo espléndido caballo reproduzco y que quizá fue creado poco después del cambio de milenio, en Noruega.
Por su parte, en Hemiskrigla, el ciclo de sagas escandinavas escrito por Snorre Sturlason, leemos episodios en los que el juego del ajedrez es protagonista, como el pasaje en el que se cuenta el desafío sobre el tablero, a cara de perro, entre el Rey Canuto y Ulf el Caudillo. En ese match, el Rey trata de deshacer una jugada errónea, pero Ulf lo impide, lo que provoca el rencor real y, en última instancia, su asesinato.
Puede que sorprenda un tanto que en la Escandinavia del siglo XI, en tiempos del rey Canuto, ya se jugase al ajedrez, siendo así que la tradición nos dice que el noble juego entró en la Europa de los señores feudales, el finamor y los trovadores, algunos siglos más tarde, gracias a los árabes, y a través de la península ibérica (o acaso de Sicilia). Pero el hecho es que el ajedrez parece haber viajado mucho antes desde Oriente hasta los países nórdicos, siguiendo las interminables rutas comerciales que desde Bagdad, y a través de las bocas del Volga, llegaban hasta los rincones más septentrionales de Rusia (y desde allí a Escandinavia). Estas rutas ya eran perfectamente practicables a mediados del siglo IX. No es de extrañar por tanto que los vikingos fuesen, y sigan siendo, buenos ajedrecistas).
Nuestro cliché respecto a aquellas gentes, que nos las muestra como bestias sin cerebro, es justamente, eso, un estereotipo. Un estereotipo interesado nacido del terrible espanto que generaba aquella forma vikinga de ganarse la vida, saqueando puertos y poblaciones costeras de toda Europa. No hay nada peor que tener una leyenda negra. No hay nada más indeleble que un estereotipo, como su propio nombre indica (de estereos, duro como una piedra y typo, carácter, marca, es decir, inscripción grabada en roca…)

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