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En el barrio Londinense de Westminster, que es uno de los lugares con mayor renta per cápita del planeta Tierra, se han identificado dos grupos de residentes. Por un lado está el grupo de la gente rica (que allí es rica de verdad). Por otro lado el grupo de la gente pobre (que es pobre como en cualquier sitio). Pues bien, resulta que, como media, los individuos varones del primer grupo (gente rica), tienen una esperanza de vida 18 años mayor que los individuos varones del segundo grupo (gente pobre). Esto es un dato confirmado en la obra The Health Gap, recientemente publicada por el Presidente de la Asociación Mundial de Médicos y catedrático de Harvard, Michael Marmot, y reconocido abiertamente por el ministro de Salud británico, Jeremy Hunt.
La pobreza se paga actualmente con vida, por lo tanto. Como en aquella famosa película de ciencia ficción, el Precio del Mañana, en la que el tiempo de vida restante , marcado en el brazo, se compraba desesperadamente con dinero en metálico.
La pobreza, sí, se paga con vida. Con mucha vida. Cada vez con más vida.
Y esto no solo ocurre en la barriada de Westminster, por supuesto. Es un fenómeno global. El mes pasado, la Academia de Ciencias de los Estados Unidos, ha reportado que si eres norteamericano, eres pobre y tienes 50 años, lo que te queda de vida, como media, son 26 años, mientras que si perteneces al grupo de los ricos, podrás vivir 39 años más. Es una diferencia de 13 años de vida, según estés en la franja del 20% de los más pobres o del 20% de los más ricos. Y, lo peor de todo, es una diferencia que está creciendo años tras año, durante las dos últimas décadas.
La desigualdad, y la injusticia que subyace a ella, es el cáncer de la sociedad. Desde el nucleo familiar hasta el Estado o las organizaciones y empresas. El homo sapiens soporta muchas, muchísimas cosas, pero lleva muy mal el trato discriminatorio sistemático y arbitrario, la contemplación de la percepción indebida de mayores beneficios por parte del hermano, del compañero de trabajo, del vecino…
Y entre todas las desigualdades, la más devastadora e insoportable, se diría que es precisamente la desigualdad en materia de salud, en materia de vida.
Por eso, la primera obligación de los Estados es garantizar la máxima igualdad posible en materia de salud. Precisamente porque la verdadera función de los Estados es reducir el potencial de conflicto interno de la sociedad mediante mecanismos de redistribución de la riqueza. Mecanismos que transfieran recursos desde los que más pueden hasta los que más lo necesitan.
Y por eso, resulta asombroso que cada vez que se acercan las elecciones generales, se vuelva a hablar del copago sanitario, que es, querámoslo o no, una manera de retroceder en materia de igualdad en salud.
Es indudable que el copago tiende a reducir (y lo que es más importante, a optimizar) los gastos sanitarios. Faltaría más. Y es también indudable que los gastos sanitarios en las sociedades occidentales son enormes (entre uno y dos meses de trabajo al año es lo que nos cuesta a cada uno de los contribuyentes el sostenimiento del sistema sanitario a través de los impuestos que pagamos). Pero pensar que el único camino para optimizar esos gastos sanitarios es la implantación de un modelo de copago más o menos lineal revela una forma de pensar característica de la vieja y caduca mentalidad liberal, que ve en el dinero y en la avidez el único mecanismo para regular la vida en las sociedades.
Ha amanecido. Estamos en el siglo XXI. Deberían existir formas y métodos válidos para mejorar nuestra organización social y evitar el despilfarro económico distintos a la mera implantación de tasas y tickets por doquier. Y el desafío de los políticos y pensadores sociales no debería ser otro sino encontrar esas formas y métodos.
Promover el copago, en cualquier ámbito y sean cuales sean sus formas de implementación y modulación, es retroceder en un camino que nos debemos sentir orgullosos de haber recorrido. Es hacerle el juego a un modelo de organización social injusto y desigual basado en el ticket y el peaje. Si se trata de copago sanitario, esa injusticia y desigualdad es particularmente lacerante. Y por ello el copago contiene una carga de tensión social particularmente peligrosa.
La sanidad pública, universal y gratuita, con todos sus enormes defectos, es la gran conquista social de nuestro tiempo. Los que viven en países con sistemas sanitarios indebidamente desarrollados, deben luchar a toda costa por cambiar esos sistemas. Y los que vivimos en países en los que la sanidad de calidad tiende a ser accesible para todos, debemos esforzarnos por mejorar aún más el modelo conquistado, corregir progresivamente sus abusos y acallar con ello las voces de los adalides del copago y del peaje omnipresente. Porque de esa mejora dependerá una buena parte la victoria en la lucha contra la desigualdad, y por tanto, la consecución de la estabilidad, el bienestar social y la justicia. Ese será el verdadero precio del mañana.

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