Tomás_López_Enguídanos_-_Retrato_de_Marco_Fabio_Quintiliano

Marta me dice que su mejor amiga ha decidido estudiar Derecho. Y lo ha hecho tan solo porque es una de las pocas carreras en las que no se estudia ni gota de matemáticas. Es verdad. Pero es una lástima. Los abogados deberían tener cierta preparación matemática. Por de pronto, unos fundamentos de estadística general, y en particular del enfoque bayesiano, les ayudarían a entender las sutilezas de lo probable y lo plausible, en el complejo ámbito de la prueba y la incriminación. Además la familiaridad de la matemática les ayudaría en muchos más sentidos, y en particular en la rutina del rigor lógico, que no siempre es lo que cuenta en ese campo jurídico y judicial donde todo tiende a ser excesivamente flexible, acomodaticio, interpretable, discutible…
Quintiliano, nuestro primer riojano universal, gloria de los letrados del Imperio, en su Institutio Oratoria, que era un completo manual de formación práctica de abogados, ya decía que “de los números se hace frecuentísimo uso en las causas, y no digo ya que un abogado se equivoque en las sumas, sino que simplemente se muestre torpe al manejar los dedos (sic), dará una pésima imágen de su talento” (“in causis vero vel frequentissime versari solet: in quibus actor, non dico si circa summas trepidat, sed digitorum saltem incerto aut indecoro gestu a computatione dissentit, iudicatur indoctus”)
La referencia del autor a los dedos como método de computación ya nos da idea de como hacían los abogados las operaciones antaño. Al menos ahora usan calculadoras.

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