Richental_Konzilssitzung_Muenster

La palabra nación (natio) se utilizaba en la antigüedad clásica tan solo como sinónimo de lugar de nacimiento o de estirpe (en efecto, el elemento racial está en el DNA de la palabra). Entre los romanos, la palabra natio remite esencialmente al nacimiento, el cual origina vínculos jurídicos de pertenencia (ius sanguinis).
En el medievo, esa palabra que usaban los romanos para referirse a poblaciones determinadas (extranjeras, aliadas o somtidas a Roma, individualizadas por sus sus carácterísticas tribales, en sentido sociológico o jurídico) se hizo popular en el mundo universitario. Los estudiantes de los centros de estudio europeos se organizaban también, como los antiguos vecinos de la Urbe, en “naciones”, en función de su particular origen geográfico. Un origen geográfico entendido de una manera poco precisa y mal definida.
La verdadera concreción del término nación se la debemos a la Iglesia. Fue con ocasión del Concilio de Constanza, en 1414. Era un Concilio en el que se pretendía dar solución a cruciales problemas que afectaban a la Iglesia, y a la organización política europea como un todo, en genuino caos desde el Gran Cisma de Occidente y el comienzo de la Guerra de los Cien Años. Era por tanto necesario convocar y proponer el voto a representantes de todo el continente. Así que se empezó convocando a cuatro “nationes”: la nación Gallicana (más o menos la actual Francia), la nación Italica, la nación Anglicana y la nación Germánica. Este método de recurrir al concepto indeterminado de nación era oportuno en un momento histórico en el que las principales coronas europeas estaban enfrentadas entre sí o al menos condicionadas por su pertenencia a los bloques bélicos de la Guerra de los 100 años.
La convocatoria eclesiástica a las “naciones” de Europa no era una novedad. Ya se había realizado en el Segundo Concilio de Lyon, de 1274, a partir de la nomenclatura utilizada por entonces en el mundo universitario. Ahora bien, las naciones de Lyon eran poco más que otra denominación de las provincias religiosas, mientras que en Constanza, el concepto de nación adquiere por primera vez una naturaleza política. La nación se convierte por primera vez en sujeto político, en sujeto de voto y elección.
¿Y qué pasó con la nación hispánica? Pues que no fue mencionada inicialmente por la autoridades del Concilo, entre otras cosas porque el concepto de nación hispánica no se había asentado por el momento en el ámbito universitario. Sin embargo, el Concilio sí abrió sus puertas a los representantes religiosos de los reyes de Portugal, Castilla, Navarra y Aragón, los cuales exigieron, como un todo, que también ellos fueran reconocidos como nación, en paridad con las otras. Y así fue como se acuñó y se dió carta de naturaleza en Constanza, por parte de la Iglesia, y por primera vez, a la “nación hispánica”.
En Constanza se puso la semilla del nacionalismo que asolaría Europa siglos después (si bien la palabra habría de atravesar antes otras variadas vicisitudes semánticas, sirviendo más tarde para definir entidades de tipo corporativo dentro de un mismo Reino, hasta que el abate Sieyes le da a la palabra el sentido casi definitivo del conjunto de burgueses y productores del Tercer Estado, fuente única de la nueva legitimidad política que hace caer al Antiguo Régimen).
Lo que es indudable es que en el Concilio de Constanza fue cuando la idea de nación demostró que tenía suficiente energía interna como para solaparse o incluso sobreponerse a la vieja legitimidad política. Cuando el Emperador Segismundo de Hungría, en el curso de las deliberaciones conciliares, quiso asistir a una reunión de la nación Gallicana (que también cubría territorios de soberanía imperial), los prelados de dicha nación rechazaron enérgicamente la presencia del Emperador y lo forzaron a aceptar que su ámbito de poder debía ser restringido a una sola “natio”. La natio Germánica, para ser precisos. Incluso hubo asistentes al Concilio, como el polaco Wlodkowic que se atrevieron a teorizar jurídicamente, y también por vez primera, en torno al derecho de autogobierno de esas “naciones”, a las que el Concilio había dado, quizá sin saberlo, carta política de naturaleza.
Nunca pudieron imaginar esos prelados y teólogos de Constanza, verdaderos nacionalistas de primerísima hora, que estaban esbozando la idea-fuerza más transformadora, generadora de conflictos y destructora, que ha conocido la Historia de Europa.
Tal vez alguno de ellos lo sospechó, mientras veía al rector de la Universidad de Praga, el sacerdote Jan Hus, revolverse en la hoguera, como parte de las ejecuciones de herejes promovidas por el Concilio.
Un tema–las ejecuciones de herejes–en el que también, mira por dónde, ese Concilio fue pionero. Pero, en fin ¿cuál es la idea básica detrás de todo lo que acabo de escribir? Muy simple. El nacionalismo emerge como legitimidad alternativa, cuando la legitimidad vigente se revela como incapaz de solucionar los problemas de la gente. El nacionalismo emerge en el caos. Hitler surge cuando Weimar se hunde. Esto es lo que sabemos sobre el nacionalismo y su origen. Quizá todo lo que necesitamos saber.

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