Mostar

  
Mientras tomamos un ardiente y espeso café turco junto al río, comentamos la triste noticia de la destrucción con bombas, apenas hace uno o dos días, de esa joya milenaria que era el templo de Baal Shamin. En Palmira. Espantoso, desde luego, pero no conviene asociar necesariamente está barbarie al Islam. Sin ir más lejos, el puente de Mostar por el que acabamos de cruzar el Neretva es una mera reconstrucción. El original, joya de la arquitectura islámica, fue concienzudamente destruido por el ejército croata, muy cristiano, que en los 90 invadió Bosnia a sangre y fuego, pasando de ser víctima a verdugo, y siempre con el nacionalismo como motor de la barbarie. 

Glagolítico 

  
Podríamos llamar fatalismo histórico al curioso fenómeno según el cual un país o un pueblo elige solo entre cuatro o cinco errores colectivos entre los miles disponibles. Y esos cuatro o cinco errores los va repitiendo, con variantes menores, a lo largo de los siglos. Nos pasa lo mismo a las personas, reconozcámoslo.

Con respecto a los países puedes ver ejemplos de este fatalismo donde quiera que vayas. Si viajas por los Balcanes, donde una vez más se esta jugando el destino de Europa, a juzgar por lo que está ocurriendo con las oleadas de inmigrantes, sentirás en cada rincón la tensión nacionalista, la obsesión por enfatizar, por insignificantes que sean, las diferencias de raza, lenguaje, cultura… Y quizá pienses que toda esta locura es algo que proviene de los todavía recientes conflictos bélicos de los 90. O acaso de las dos ultimas guerras mundiales. O del dominio otomano. 

Todo eso es cierto, pero también es verdad que hace 10 siglos ya había comenzado la kulturkampf por estas tierras. En torno al año 1000, los obispos de Dalmacia andaban a tiros entre ellos por mil y una razones, no muy distintas de las que ahora enfrentan a croatas, bosnios, serbios…Un objeto principal de aquellas reyertas era la forma de escribir. Unos defendían los caracteres latinos. Otros los cirílicos. Y llevaban esta disputa, que en realidad solo era la manifestación instrumental de una lucha de poder, como siempre, hasta el paroxismo.

El problema de la grafía subsiste, mil años después, como se puede apreciar, por ejemplo, observando los carteles de las carreteras en los Balcanes occidentales. A veces son los caracteres latinos los tachados. A veces los que se inventaron San Cirilo y San Metodio. Incluso hay un cierto revival del glagolítico, un misterioso y extraño alfabeto que parece estar en el origen del cirílico y que los nacionalistas croatas abanderan ahora como prueba de su derecho de precedencia histórico-cultural frente a los orientales, lo que ya es el colmo…Pero el fatalismo histórico es así. Prepárate en tu próxima visita a la costa adriática, para ver los carteles en bella pero ininteligible caligrafía glagolítica. 

No hay libro malo.

  
Mientras contemplamos maravillados la Bahía de Kotor (o mejor, Cattaro), Mercedes me pregunta por qué este pequeño país balcánico tiene un nombre español, por qué en el cartel que conduce al cementerio del pueblo que da nombre a este remoto fiordo meridional se lee «camposanto» y por qué el restaurante en el que hemos estado descansando hace unos instantes se llamaba «Un café siempre sienta bien».

Las dos primeras preguntas tienen fácil respuesta. Ni Monte Negro ni Camposanto son préstamos montenegrinos del castellano, sino del italiano en su dialecto veneciano, que tantas palabras tiene levemente diferentes del italiano pero extrañamente idénticas a las nuestras  (calle es la más notoria, pero hay muchas más, como amigo, camisa, fulminante o trasto).

En cuanto al nombre del café, he podido averiguar que en la tv de Monte Negro son inmensamente populares las telenovelas mexicanas en castellano, subtituladas en el idioma local. Eso ha hecho que muchos montenegrinos chapurreen nuestra lengua, e incluso la estudien con avidez. Quién lo iba a decir.

Cervantes tenía razón. No hay libro tan malo del que no se pueda sacar algo bueno. 

Y eso puede aplicarse también a los productos televisivos…En pocos casos, ciertamente.

Libertas, fedifraghi…

  
Libertas, es decir, libertad, es la palabra clave en la historia de Ragusa. Hasta el punto de que es la la palabra que figura en su bandera. Libertas es lo que se leía en el pendón que durante siglos ha ondeado en la llamada columna Orlando, en la principal plaza de la ciudad. Ahora ya no se ve ahí por no sé qué razones administrativas, pero Libertas sigue estando por todas partes, desde el logotipo de los festejos folklóricos que cuelga en las murallas, a los envoltorios de los souvenirs.

Las banderas del mundo suelen llevar coronas, estrellas, escudos, águilas…Cosas que imponen mucho y hasta dan miedo. Cuánto mas hermoso es sustituir toda esa pompa de banderas, escudos de armas y pendones por una sola palabra. Y que esa palabra sea Libertad. 

Aunque sea la libertad a la ragusana, es decir, la libertad conquistada no con cañones ni bayonetas, sino con «ragusades», es decir, astucia, dinero e incontables traiciones a las potencias europeas. 

Potencias que en realidad nunca merecieron otra cosa sino ser objeto de esos deliciosos y efectivos fedifraghi en serie de los rectores de la Repubblica.

Fedifraghi, ah, qué fascinante vocablo: los naufragios de la lealtad...

Sipan

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Lovrep es ingeniero aeronáutico, pero sobre todo es un excelente marinero. No se cómo se las arregla para trimar las velas de tal forma que el buru de 12 nudos casi nos hace volar sobre las aguas de las Elaphiti. Las gentes de Dalmacia llevan el mar en los genes. Hace dos mil años, volvían locos a los barcos romanos, que evitaban en lo posible estas endiabladas costas, infestadas de habilísimos piratas. Hoy, el deporte de la vela esta dominado a escala mundial por ellos, pese a que su país entero tiene menos población que Madrid.

Según un dicho croata, navegar es necesario, pero vivir no lo es. Yo casi estoy de acuerdo con eso. Como tanta gente, necesito mi dosis periódica de salitre, viento y yodo. Quién sabe por qué. Sandor Ferenczy, la gran figura histórica del psicoanálisis, se atrevió a explicar la pasión de los hombres por el mar a partir de la coincidencia de olores que él veía entre el sexo femenino y el pescado, elaborando una curiosa teoría de esas que le hacen pensar a uno que los psicoanalistas, una de dos, enloquecen por serlo o bien lo son porque ya estaban previamente locos.

Pienso en estas cosas mientras nos acercamos a la sucursal del paraíso en la Tierra, es decir, la isla Sipan, acaso la última isla de la antigua Grecia. Es un edén solitario, pero rebosante de viñedos, olivos, frutales y ermitas. Si algún día me pierdo, buscadme por aquí. Me encontraréis seguramente en la taberna del pequeño puerto, bebiendo merlot local y comiendo pescado cocinado en las brasas.

Ragusa

  
Un amigo lector me reprocha que yo use el término Ragusa para referirme a Dubrovnik. Pues lo hago convencido. Ragusa siempre ha sido Ragusa, la otra legendaria ciudad estado del Adriático, la República marinera a la que Venecia no permitía armar barcos de guerra pero que llegó a tener una flota mercante de casi 400 naves. Una flota que, unida a las minas dálmatas y montenegrinas, a un proverbial pragmatismo y a una portentosa habilidad diplomática, la convirtió en la Suiza del Adriático.

 Los ragusanos pagaban tributo a quien fuera menester: a Venecia, al Sultán, al Papa, al Rey de Nápoles, al Rey de Hungría…Oficiaban de informadores para unos y para otros. Casi siempre simultáneamente. Y se las arreglaron para mantener durante siglos y a base de dinero una cierta independencia. Preservaron la ficción de ser libres  hasta que llegaron de repente los húsares y los cañones de Bonaparte. Y eso fue anteayer, como quien dice. Su motto era y sigue siendo el famoso dictum del lobo de Esopo, el latinajo que menciona Cervantes, que no poco sabia de renegados ragusianos al servicio de la flota corsaria del turco. Lo leemos en El Quijote, con una errónea atribución a Horacio. «Non Bene Pro Toto Auro Libertas Venditur», es decir, no se vende por todo el oro del mundo la libertad. O en palabras del Arcipreste, «Libertad e soltura non es por oro comprado». Vale. De acuerdo. Pero en el caso de Ragusa acaso fuera mas preciso decir que a veces hace falta todo el oro del mundo para no caer en algun tipo de esclavitud…

En fin, que no veo razón alguna para llamar de otra manera a este enclave de cultura, historia y atmósfera eminentemente italiana. Me trae sin cuidado que los nacionalistas croatas decidieran hace poco más de un siglo rebautizarla en atención a la banal presencia de algunos robles (dubrov) en el cercano monte de San Sergio. No hay razón para que llamemos a Burdeos Bordeaux. O a Florencia Firenze. O a Casablanca Dar el Baida. Por las mismas, no veo motivos para llamar a Ragusa de otro modo que Ragusa.

Actos Fallidos

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Los antiguos romanos eran supersticiosos (acaso tanto como los actuales romanos).
En particular, sospechaban de sus actos fallidos. Si en la preparación de un proyecto o en los preliminares de una iniciativa cometían algún error de bulto o un despiste grueso, inmediatamente lo consideraban como un pésimo augurio y se replanteaban lo que estaban intentando emprender.
¿Tenía alguna base esa superstición?
Por supuesto. Los actos fallidos, los lapsus, los tropiezos, los extravíos inexplicables son, normalmente, puras manifestaciones externas de nuestras contradicciones internas. Son pruebas de que nuestras energías psíquicas no están concentradas debidamente en aquello que queremos hacer.
Y si no focalizamos todas nuestras energías psíquicas en aquello a lo que aspiramos, es señal de que no alcanzaremos el resultado buscado.

Los Eslavos del Sur

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Son las 10 y media de la mañana sobre el Adriático. Despierto a Marta, que duerme a mi lado en el avión, para avisarle que ya se divisa a lo lejos abajo la tierra de la antigua Yugoslavia. Ella abre los ojos, mira por la ventanilla el prodigioso espectáculo de los Alpes Dináricos y tras unos instantes me pregunta por qué las gentes de esas bellísimas tierras eligieron un nombre tan feo para su unión, en el siglo pasado: Yugoslavia. Un nombre que evocaba, me dice, el yugo, la opresión, la esclavitud…
Fascinante cuestión. Le contesto que el nombre de Yugoslavia, ciertamente contiene “yugo”, palabra que se refiere también en serbio al utensilio utilizado para hacer trabajar a los animales de carga y privarles de su libertad. Ese yugo eslavo de la palabra Yugoslavia es el mismo yugo del sánscrito, iug, y con el mismo signficado. Hay mil y un derivados de la mísma raíz en las lenguas europeas: joint, joindre, juntar, conjunto, conxunto…
Pero al mismo tiempo, “yugo” es también una hermosa palabra que significa en las lenguas eslavas aurora, luz y por añadidura Sur. Según Pokorny, que es quien más sabe de esto, los eslavos se inspiraron en la constelación del Yugo, situada al sur en el firmamento, desde la perspectiva de los europeos del Norte, para referirse al Sur como punto cardinal. También es posible, lo diga o no Pokorni, que en esa evolución del sentido de yugo influyese el hecho de que en sánscrito la raíz aug es la que connota la luz del amanecer, la aurora. Augé es el amanecer en griego. Y por extensión, lo que crece, lo que se hace visible. Porque para los hombres del mundo eslavo el lugar por donde sale el sol es siempre el Mediodía, el Sur, el lugar por donde crece la luz, por donde aumenta la vida y por donde lo vivo encuentra su ansiado auge …
Por las razones filológicas que sean, el hecho es que jug significa Sur en casi todo el mundo eslavo. Por supuesto es Sur en serbio, pero también es sur en ruso. También en albano.
Por lo tanto, la idea de la denominación “Yugoslavia” era simplemente una acertada forma, políticamente correcta, nada nacionalista, de referirse a los pueblos eslavos de la parte más meridional del continente europeo que decidieron unirse tal como lo hicieron cuando en el siglo XIV se enfrentaron en Kosovo a la Puerta. Y era una forma que, por usar un término tan paneslávico como “jug”, sintetizaba bien el hecho de que el lenguaje de todos esos pueblos era y es, en esencia, el mismo.
Por desgracia, la unidad derivada de la lengua no fue suficiente para evitar el egoismo de las elites y sus intereses disgregadores. En los 90, «Yugoslavia» pasó para siempre al desván de la Historia en medio de una espantosa guerra que nadie imaginaba pudiera tener lugar en la Europa de finales del siglo XX. Y los eslavos del sur, cuando las armas callaron, levantaron de nuevo las fronteras que la lengua parecía haber derribado unas décadas atrás. El sur de los eslavos, pasó a ser el yugo de una suerte de esclavitud histórica. La esclavitud a la que están condenados los pueblos que no consiguen escapar del fatalismo de su destino. Es un pensamiento triste, pero me consuela el hecho, le digo a Marta, de estar ya aterrizando en la legendaria Ragusa, la Repubblica Marinara cuyo lema siempre fue que no se ha de cambiar la libertad ni por todo el oro del mundo. La Venecia dálmata, la perla adriática de Byron. La república que fue el primer estado del planeta, allá por principios del siglo XV, en abolir formalmente la esclavitud. Me quedo con la eliminación de ese yugo.

Cure gratuite agli indigenti

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Leo en el avión los periódicos españoles del día. Uno de ellos menciona la fea noticia según la cual el gobierno español impondrá sanciones a las Comunidades Autónomas que insistan en ofrecer cuidados médicos a los «sin papeles».

Así que, como de costumbre, se queda en papel mojado la previsión constitucional del art.43 sobre el derecho a la protección de la salud.

Me quedo pensando, mirando por la ventanilla.

Ya estamos sobre Italia. Me viene a la cabeza que aquí también el derecho a la salud está protegido constitucionalmente. De manera aún más clara y expresa que en la carta magna española. El art. 32 de la Constitución Italiana dice que la República tutela la salud como derecho fundamental del individuo e interés de la colectividad y garantiza cuidados médicos gratuitos a los indigentes (cure gratuite agli indigenti). Y también aquí, con el candente problema de la inmigración sobre la mesa, el debate está abierto sobre si deben o no ofrecerse esos cuidados de forma universal.

Derechos bien definidos.  Bellas palabras que no dejan lugar a dudas. Pero ¿acaso pueden servir de algo las Constituciones y sus proclamas frente al rigor de los que definen las reglas del juego económico?

Sigo mirando por la ventanilla.

Grayas

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Marta me achaca que yo veo mitos griegos por todas partes. No se lo discuto. Pero es que es cierto. Porque los mitos griegos aparecen y reaparecen allá donde ponemos la mirada. Anoche nos encontramos con uno de esos mitos en el cine. Vimos una película que nos hablaba de una mujer, interpretada por una pésima actriz, pero bellísima criatura que se apellida, muy apropiadamente, como luego se verá Lively. El personaje que interpreta esta beldad, que fue imagen de Gucci y de Chanel hace unos años, no envejece lo más mínimo, gracias a algún milagro de la biología relacionado con no se qué accidente y conjunción planetaria (otro elemento genuinamente mítico).
Lo interesante del guión-romántico y dulzón- es que nos muestra que esa inmortalidad no sería un don de los dioses, sino más bien una maldición. De hecho, la película concluye cuando la protagonista comprueba feliz que, también gracias a otra conjunción de los astros, ha comenzado por fin a envejecer…
En este sentido, lo que vimos anoche en The Age of Adaline, fue simplemente otro mito griego, como me apresuré a explicarle a Marta, a la salida de la sala, para su gran consternación.
Los antiguos griegos ya intuyeron que el ansia de inmortalidad es un error. Y convirtieron esa intuición en un mito, para que a través de ese mito las nuevas generaciones comprendiesen bien la lección y acaso sufriesen menos por la fatalidad de la muerte.
En efecto, en el ciclo de Perseo nos encontramos con tres hermanas a las que el héroe griego por antonomasia debe visitar para que le aporten una información clave, sin la cual no podrá derrotar a Medusa. Esta es, como sabemos, la más temible de las tres Górgonas, esa mujer de mirada infinitamente seductora que se atrevió a proclamar que su pelo dorado era más bello que el de Atenea, por lo que la diosa cambió sus cabellos por serpientes y la seducción erótica de su mirada por un poder asesino ante el que nadie podía sobrevivir.
Las tres hermanas que habrán de informar a Perseo en su búsqueda de la Medusa son las Grayas, es decir, literalmente, las Viejas (de la misma raíz que geriatría o incluso grafo, pues el viejo es el que tiene surcos en la piel, como los que hacemos nosotros cuando grabamos en una tablilla) . Las Grayas se llaman Dino, Enio y Pefredo. Esos nombres ya son una lección mítica que nos va diciendo todo lo que un héroe debe sobrellevar al enfrentarse a su destino: ha de superar primero el temor (dino) frente a lo desconocido, luego, el espanto (enio) al contemplarlo de cerca, y finalmente la parálisis (pefredo) a la que ese miedo y ese horror pueden conducirle en el momento decisivo. Solo la reflexión (en un sentido muy preciso) le salvará, pero eso es ya otra historia.
Las tres Grayas/Viejas que Perseo ha de visitar hicieron en su día un favor a Zeus. Y en compensación, el dios les ofreció cualquier deseo que solicitasen. Las tres hermanas, al unísono, pidieron la inmortalidad. Y Zeus accedió. Pero, ay, ellas se olvidaron de pedirle al dios, junto con la inmortalidad, el pequeño detalle de no envejecer. Así que las Grayas se convirtieron en inmortales, pero envejecieron y envejecieron, hasta quedar prácticamente consumidas por la edad.
De hecho, las Grayas, al menos cuando las visita Perseo, ya solo tenían un ojo y un diente, que compartían las tres por turnos. Cada día se pasaban unas a otras ese ojo y ese diente solitario. Y Perseo aprovechó ese intercambio diario para apoderarse de ambos objetos y forzar así a las infortunadas hermanas a proporcionarle la información necesaria para vencer a Medusa.
La narración de las Grayas, en fin, es solo una forma de indicarnos que la inmortalidad acaso no sea tan deseable como pensamos. La película que vimos ayer, es también, en ese sentido, profundamente mítica. Pero aporta algo relativamente nuevo. La inmortalidad individual tal vez ni siquiera es deseable…aunque conservemos a lo largo de las edades la suprema lozanía y belleza de la juventud, como la que nos muestra la mencionada Blake Lively. Porque esa inmortalidad multiplicaría hasta el infinito el dolor de la fatal separación de nuestros seres queridos.
Así que la única inmortalidad deseable sería aquella que no solo nos permitiese preservar nuestra mejor edad, sino también preservar la de aquellos a quienes amamos o podemos amar.
Solo podríamos desear entonces un mundo sin vejez ni muerte, donde todo y todos se repitiese hasta el fin de la eternidad.
Pero tampoco estoy seguro de que mereciese la pena pedirle eso a los dioses. ¿O tal vez sí? Buscaré entre los mitos griegos para encontrar alguna respuesta.