Voy en estos momentos en el Ave y me doy cuenta que están ofreciendo a los viajeros una película protagonizada por el inolvidable Robin Williams. Esto me trae a la memoria la noticia triste del día: la muerte de Oliver Sacks, a quién Williams precisamente dio vida en la pantalla, en la película Despertares, que al menos a mi me hizo llorar de emoción.

Oliver Sacks, en cuanto científico, humanista, escritor, filántropo en el mejor sentido de la palabra, tuvo una vida envidiable. No es casualidad que sus libros hayan sido bestsellers, y que su biografía haya sido llevada al cine o los musicales (con partitura de Nyman, por cierto). 

Pero me atrevo a decir que su muerte ha sido mas envidiable aún. Porque se ha ido con sus inmensas dotes intelectuales y valores humanos intactos. Y lo ha hecho mirando a la muerte con la serenidad sabia de los antiguos, desde Sócrates a Séneca, Lucrecio o Marco Aurelio. Hasta con sentido del humor. Y en ningún momento, a juzgar por sus ultimas entrevistas, he aquí lo importante, ha dejado de amar la vida.

Sacks se ha ido cumpliendo el consejo de Aristóteles: «el mundo es un espectáculo fascinante que comenzó mucho antes de que tu llegaras, y que proseguirá mucho después de que tú salgas; pórtate bien durante la función y agradece lo que has contemplado cuando te vayas».

Nos enseñó Oliver Sacks que los sombreros pueden ser confundidos con otras cosas. Hoy hay que quitarse el sombrero para decirle adiós.

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