En Mostar hay decenas de mezquitas. Y otras tantas iglesias. Unas veces oyes las campanas. Otras veces el grito del muezzin. A veces ambas cosas a la vez. En pocos sitios más ocurre esto.

Lo curioso es ver cómo compiten en altura las dos confesiones. Es muy obvio que cada construcción trata de llegar algo más alto que su rival más próximo. El resultado son campanarios y minaretes elevadísimos. Los cristianos han conseguido zanjar la disputa levantando una enorme cruz en el monte que domina la ciudad. Pero los musulmanes dicen que al menos una vez al mes, la media luna del Islam ilumina el cielo nocturno desde mucho mas arriba que esa cruz de los infieles, demostrando que en realidad no hay mas Dios que Alá.

Da que pensar esta inflación monumental. Me trae a la memoria, por ejemplo, el hecho de que la raíz etimológica de crska, iglesia en serbocroata, sea el indoeuropeo keu, que está relacionado con la idea de hincharse, de inflarse, como lo hacen los poderosos, los amos, los que mandan. Los que están arriba.

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