Consejo

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Cuando te pidan consejo, recuerda que, casi con toda seguridad, lo que te están pidiendo es conformidad. Cuando te pidan orientación, ten en cuenta que en realidad, la mayor parte de las veces, lo que te piden es tan solo respaldo.

Progreso.

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Hay algo de circular en este espléndido retorno a las bicicletas que se se está produciendo en casi todas las grandes ciudades del mundo.

Lo digo porque, en cierto modo, la industria automovilística se apoyó en su origen en el mundo de las dos ruedas.

Henry Ford no era sino un mecánico de bicicletas, al igual que los hermanos Duryea, inventores del primer coche norteamericano de gasolina. Muchas marcas de automóviles fueron originalmente marcas de bicicletas, desde Peugeot a Rover, pasando por Opel o Bianchi.

De modo que ahora, cuando la bicicleta está lanzando un nuevo desafío al automóvil en tantas ciudades, es como si la bici se redimiese de la culpa de haber dado origen al transporte moderno (en realidad no solo fueron los coches los que nacieron de la bici; recordemos que la aviación surgió en un taller de reparación de bicicletas de Ohio, propiedad de los hermanos Wright…).

Con el retorno a la bicicleta se sancionaría por tanto una deuda histórica y se corregiría un gran error.

Hoy, en el mundo, mueren al volante más de quince millones de personas cada diez años. Eso es un tributo en sangre mucho mayor que el que se han cobrado las guerras del mundo a lo largo de la Historia, con la notable excepción de los dos últimos conflictos mundiales (que fueron por cierto los que impulsaron la lamentable motorización universal que vivimos).

Y esa inmensa sangría apenas ha mejorado en nada la vida humana. En las grandes ciudades, los coches tan solo han servido para crear grandes ciudades dormitorio y obligar a millones de trabajadores a pasar varias horas cada día encerrados en sus cárceles de lata.

En Madrid, la velocidad media de los automóviles oscila entre 9 y 24 kms por hora, dependiendo de la zona. Pero si computamos la pérdida de tiempo del acceso al aparcamiento, la desventaja con respecto a la bici, en todos los casos, es enorme.

Por lo tanto, podemos reprochar al mundo de la bicicleta el haber sido el punto de partida de una motorización que, a fin de cuentas, no ha incrementado el bienestar de las gentes ni la eficacia de su actividad, sino todo lo contrario.

Pero, a juzgar por lo que vamos viendo, la bicicleta está comenzando a corregir su error.

Hace unos días, el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, abogaba en Roma por un paradigma verdaderamente moderno, en el que “un hombre pueda bajar a comprar el pan a la esquina de su calle, suba seguidamente para hacerle el desayuno a sus hijos y pueda llevárselo a la cama a su esposa. Y vaya a trabajar en bicicleta”.

Eso que dice Petro parece una representación gráfica de lo que en rigor podría llamarse progreso. Y no tantas tecnomandangas, motorizadas o no, como las que nos quieren vender los colonialistas de la falsa modernidad.

Verde.

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Más que los 50 matices de gris, lo que a mí me intrigan son los 50 matices de verde. Creo que no hay otro color respecto al que los humanos distingamos tantas variedades. Verde oliva, verde esmeralda, verde hierba, verde jade, verde ópalo, verde pistacho, verde veronés, verde viridiano, verde cobre, verde malaquita, verde albahaca…Dicen que en islandés existen 45 palabras diferentes para referirse al color verde. ¿A qué se debe esto? Quizá al hecho de que vivamos en un planeta dominado por el color verde (al menos por el momento). O tal vez al hecho de que nuestros ancestros (que no nosotros) identificaban el verde con la vida.

Transversal.

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Ayer cenamos en la pizzería del pueblo. Marta cometió, pese a mis advertencias, el desliz de pedir la “pizza de la casa”. Craso error. La pizza de la casa es siempre, axiomáticamente, una mezcla irracional e inarmónica de ingredientes (¡piña, pimientos, chorizo…!) que echan a perder el supremo encanto de la obra maestra de la cocina popular mediterránea. Lo «transversal» es con frecuencia indeseable…

En las pizzerías, salvo raras y muy dignas excepciones, hay que pedir siempre la pizza margarita, que resulta insuperable en su sencillez y es, junto con la marinera, la pizza genuina, la pizza por antonomasia. Además, la margherita, que fue creada en honor de una reina homónima a la que no le gustaba el sabor a ajo, luce orgullosa los colores de la bandera italiana (rosso del pomodoro, bianco de la mozzarella, verde del basilico).

Otra opción válida, siempre disponible, es la pizza cuatro estaciones, que también está cargada de hermoso simbolismo: las alcachofas para evocar la primavera, las aceitunas para sugerir el verano, los champiñones para aludir al otoño y, en fin, el jamón como referencia del invierno. Todo poético y todo perfecto. Sin transversalidad.

Alles Menschen werden Bruder

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El Himno de Schiller, convertido, con música de Beethoven, en himno de la Unión Europea, contiene versos vibrantes, que transmiten una fraternidad casi evangélica: “Alles Menschen werden Bruder”, todos los hombres serán hermanos…Pero esa desiderata parece cada vez más útópica. La niña palestina llora mientras la canciller le aclara las cosas y le recuerda, con suprema frialdad, que en esta Europa, pese a lo que pensaba Schiller, no hay sitio para todos. El poeta debe estar revolviéndose en su tumba.

Cáñamo

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La despenalización del uso recreacional del cannabis se sigue abriendo camino en muchos ordenamientos jurídicos. Y no parece que se esté hundiendo el mundo. También son cada día más significativas las aplicaciones médicas del THC. A mí lo que me llama la atención es que hay mucho de justicia histórica en todo esto. Sin el cannabis, no se hubiera descubierto América. Ni Velazquez hubiese pintado Las Meninas. Ni se hubiese creado el Imperio Británico. Ni se hubiese producido el desembarco de Normandía. La planta del cannabis fue durante muchos años, una de las mercancías más importantes del comercio mundial, junto con el té o el azucar. No por su aplicación alucinógena, ciertamente, sino por la importancia de las fibra de cáñamo en muy diversos sectores económicos. Sin cannabis, los barcos españoles o británicos no hubieran podido izar ninguna de sus velas, los pintores barrocos no hubieran podido embadurnar sus lienzos (la palabra inglesa canvas, lienzo, se deriva del latín cannapaceus, y este vocablo a su vez, del griego kannabis, cáñamo) y los soldados que saltaban sobre la playa Omaha hubieran tenido que hacerlo desnudos, lo que habría limitado sus posibilidades. Hoy, a peser de su glorioso pasado, la planta del cannabis apenas tiene importancia económica…aunque a juzgar por lo que está ocurriendo, puede recuperarla. La vida da muchas vueltas.

Cizaña

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Mercedes solo consume ahora alimentos “bio”. Por ejemplo, se asegura de que las verduras y frutas que toma no hayan sido expuestas a fungicidas. Yo le digo que me parece muy bien esa aversión a los fungicidas. Pero me permito comentarle, aprovechando que estamos celebrando hoy mismo la recogida de la cebada (que esperaba en la era a los camiones tras haber sido cosechada hace una semana), que no está tan claro que renunciar a los fungicidas sea un gran avance. Antes de que estos productos fueran usados para proteger el grano, la Humanidad estaba expuesta a serios peligros.

Un ejemplo típico sería el llamado Fuego de San Antonio, una extraña y dolorosa enfermedad, a menudo mortal, que los antiguos no sabían a qué atribuir, como no fuera a la posesión por el demonio. En Europa, la única esperanza para los afectados por el Fuego de San Antonio era una peregrinación a cierto santuario de Francia, o a Compostela. En el santuario francés, bebían un licor y normalmente se curaban. En el Camino de Santiago, los monjes del monasterio de San Antonio, en Castrojeriz, acogían a los enfermos y los sanaban tan solo suministrándoles el buen pan candeal de trigo como medicina.

En realidad, el Fuego de San Antonio era una intoxicación producida a causa de la ingestión repetida de pan elaborado con cereales dañados por un hongo. Naturalmente, al peregrinar hasta un lugar lejano, los enfermos dejaban de ingerir ese pan tóxico. Y por eso al llegar al destino normalmente se curaban. Era realmente una dolencia terrible que se confundía, como he dicho, con la posesión diabólica.

Hoy se sabe que el famoso episodio de las brujas de Salem no era sino otro fenómeno de intoxicación colectiva. Pero los casos eran muchísimos. De hecho, Europa entera estaba salpicada de Hospitales en los que los frailes de San Antonio se dedicaban en exclusiva a sanar a los enfermos de este mal.

Otro ejemplo de lo que los fungicidas evitan sería la cizaña, esa cosa de la que hablaban tanto los curas en la iglesia, y que a mí, cuando era pequeño, me intrigaba tanto y me parecía tan temible. Esta gramínea a menudo es atacada por cierto hongo, lo que convierte sus granos en muy venenosos. Y como es una espiga tan sumamente similar al trigo, en tiempos pasados producía incontables intoxicaciones. Era preciso separar cuidadosamente unas espigas de otras, o bien aceptar (los más de los casos) el riesgo de un envenenamiento, que también tenía consecuencias similares a lo que la gente consideraba que sería una posesión diabólica o como mínimo un estado de embriaguez o locura irreversible (la locura del Rey Lear la atribuye Cordelia a la cizaña y Horacio la menciona en alguna de sus sátiras). No es casual por tanto, que esta espiga que resulta tan traicionera cuando el cultivo no ha sido tratado con fungicidas, reciba en castellano la denominación popular de avena loca, trigo del diablo o espiga borrachera. Los franceses la llaman ivrai, derivado del latín ebriacus. Y los antiguos romanos la llamaban temolentum, palabra que evoca el vino sagrado y prohibido reservado a los sacerdotes y sus misterios.

Mi perorata sobre el Fuego de San Antonio y la perversa cizaña no creo que haya atenuado ni un punto en Mercedes su convicción respecto a los vegetales “bio”. Pero quizá la ha entretenido. Y a lo mejor hasta ha logrado meter en su mente un poquito de cizaña contra la Naturaleza.

Porque es un hecho que lo natural, suponiendo que exista, no siempre es tan angelical como queremos verlo.

A veces es lo contrario. A veces nos hacen falta fungicidas, ya lo creo.