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¿Por qué un felino carnívoro e independiente como el gato se ha convertido en un miembro más de la familia humana, y no lo ha hecho cualquier otro animal similar, como la mangosta, pongamos por caso?-me pregunta Marta mientras disfrutamos viendo a Ory dormitar en su rincón favorito-¿por qué precisamente el gato?

La explicación, como casi siempre, se la debemos a la Historia. Y es perfectamente lógica.

Los antiguos egipcios vivían de las periódicas inundaciones del Nilo. Esas inundaciones, movilizaban a millones de ratas que escapaban del agua para sobrevivir. A su vez, estas ratas amenazaban seriamente los silos de grano distribuidos por todo el valle.

Alguien, en algún momento, debió de darse cuenta de que los gatos salvajes del desierto egipcio (los ancestros de todos nuestros gatos domésticos) eran magníficos cazadores de los perniciosos roedores. Y así, poco a poco, entre aquellos esforzados agricultores, se fue convirtiendo el gato en el animal doméstico por excelencia (uniéndose al perro que también venía siendo, desde mucho antes, un aliado esencial en las actividades económicas y de supervivencia de nuestros antepasados).

Desgraciadamente para el gato, esas raíces egipcias tuvieron tristes consecuencias también. Ocurre que el papel benefactor del gato, entre los egipcios, era tan importante, que este animal pronto se incoporó a la mitología y a la religión de aquella cultura.

Los egipcios, consecuentemente con la utilidad de los felinos, veneraban a Bastet, la diosa con cabeza de gato, que solía llevar también en la cabeza una serpiente, símbolo de la vida eterna (por su muda de piel, que se veía como reencarnación en un nuevo avatar). Ahora bien, la mitología egipcia, el eco de su mundo religioso y mágico, pervivió durante siglos en todo Occidente. Casi todo el esoterismo y el ocultismo que ha subsistido hasta nuestros días, desde el Tarot, por ejemplo, hasta el culto a las diosas y vírgenes, pasando por toda clase de talismanes y hechizos, hunde sus raíces en la tierra de los faraones. Esto hizo que el cristianismo mirase siempre con mucho recelo a una criatura como el gato, de tanta importancia en relación con el mundo mágico de origen egipcio. Y esto ocasionó, entre los siglos III y XVII, continuas matanzas de felinos en toda Europa. En 1232, la bula papal Vox in Rama, publicada por Gregorio IX, satanizaba oficialmente a los gatos negros, avatar evidente de la diosa egipcia de la serpiente y la cabeza felina, y a los que se presentaba en el texto de la bula como encarnación del mismísimo diablo (algo tenía también que ver en esto el sospechoso cariño de los musulmanes hacia los gatos). Tan tarde como en el siglo XVIII, aún se celebraban quemas rituales de gatos en París, a una de las cuales asistió incluso el mismísimo Luis XIV quien, según la tradición, bailó en la explanada de Nôtre Dame, mientras un puñado de gatitos ardían encerrados en una cesta y maullaban desesperadamente (maullidos que se creía espantaban a los demonios).

Mark Twain, gran amante de los felinos domésticos, decía que una de las virtudes del gato es que, a diferencia del perro, nunca te acaba de perdonar si alguna vez le has hecho una mala jugada. Estaba equivocado. Los humanos despertamos a la civilización y a la cultura gracias a los gatos. Protegieron nuestros graneros. Nos salvaron de muchas pestes transmitidas por las ratas. Y nosotros les devolvimos los favores convirtiéndoles en objeto de espantosas masacres. Pese a ello, aún nos quieren. Y como Ory (también conocido familiarmente como Pochi), ronronean, nos lamen y frotan tiernamente sus cabezas contra nuestras piernas.

¿Son mejores los gatos que nosotros? Tal vez. Han hecho muchos favores a la especie humana, en reciprocidad a la acogida que les dieron aquellos agricultores del Valle del Nilo. Y parecen haber olvidado tantos siglos de persecución.

El hombre no hace eso. La mitad de los hombres se olvidan por completo los favores recibidos.

La otra mitad se venga concienzudamente de ellos.

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