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Anteayer, creo, escribí un post sobre esa nueva obsesión de los políticos que es la centralidad. Una palabreja que todos ven como la clave de bóveda para conquistar el gobierno. En la dichosa centralidad coinciden todos los profesionales del poder, incluso los que pensábamos que estaban más situados en posiciones extremas.

Pues no hace ni 24 horas que los periódicos han recogido las declaraciones de otro político más, en esta ocasión líder de un partido catalán que se autodenomina de izquierdas, mencionando justamente la palabrita de marras: centralidad. Así que estamos ante una estrategia generalizada. Todos quieren ser centrales (incluso los menos centralistas). Nadie quiere ser lo que es o lo que pensamos que es. Todos quieren ser tan solo lo que ellos creen que nosotros queremos que sean. El problema es que, precisamente por ser una estrategia generalizada, el viaje mercadotécnico a la “centralidad” es también una estrategia condenada al fracaso. En un escenario competitivo, lo que es bueno para todos, paradójicamente acaba no siendo bueno para nadie. Lo he explicado en alguna ocasión con una sencilla metáfora.

Imagínate una gran playa con dos grandes accesos. Es una playa muy larga que se extiende de norte a sur. Supongamos que hay algunos puestos de helado en la entrada norte. Y otros en la entrada sur. Los felices bañistas estarán dispersos más o menos regularmente a lo largo del lido. Y cuando alguno de ellos desea adquirir un refrescante cucurucho de vainilla, tiene que desplazarse o bien al extremo norte o bien al extremo sur, y emprender para ello una larga caminata sobre la ardiente arena.

El más avispado de los vendedores de helados de la zona norte será tal vez el primero en comprender que si desplaza un poco su puesto hacia el centro, ampliará su “mercado potencial” y venderá más cucuruchos. Pero, ay, eso mismo es lo que hará muy pronto otro vendedor de la zona sur, y por las mismas razones. Y no tardarán en hacerlo todos los demás, puesto que lo que les interesa no es estar en este u otro lugar, sino simplemente vender helados. Entonces, el beneficio obtenido por el desplazamiento “estratégico”, no tardará en quedar neutralizado por la generalización de los movimientos. Las ganancias se distribuirán, más o menos homogéneamente, entre todos los puestos que ahora han adquirido “centralidad”.

En suma, la estrategia obsesiva de la centralidad y la transversalidad no solo es una contradicción de los principios esenciales de la democracia, en el sentido de que subordina la postulación de unos determinados valores a la mera conquista del poder, sino que, por añadidura, es a la larga inútil.

Asombra el cinismo de quien declara estar dispuesto a renunciar a los valores, en aras de los resultados. Pero consuela saber que, en última instancia, no le servirá de mucho. Habrá perdido los valores sin haber obtenido los resultados.

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